Deudas de memoria


El pasado a trompicones por mis venas

se agita en el instante en que te veo.

Las razones intestinas te reclaman.

 

Concupiscible eres, la rosa que marchita y tu fragancia

excita tanto mis sentidos que me acaba;

una sombra que aún me inspira a estrofas llenas.

 

No sé si es tu boca que me mira con un ansia especular

o un espejismo que percibe solamente mi mirada…

Me gustaría ser tan simple que supiera claudicar.

 

Tus ojos me sobrepasan, ignorantes,

desafiando con insolencia el palpitar de tus labios

¡tengo derecho a recordarles que me debes el mar!

 

Pero pasas de largo y acribillas con tu indiferencia,

quizá sin percibir que yo te miro,

subrayada en cada verso por tu perfume.

 

Te desdibujas y yo sé que volveremos a no encontrarnos,

volverá la sangre a desbocarse en mis arterias

y volverás a ser mi insatisfecho anhelo.

 

Aunque te agites y te desprendas de mi presente,

y aunque mi logos estabule mi deseo,

queda tu vela prendida en el oscuro cuarto del recuerdo.

Fragmentos de tiempo

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Verte deslizar el tiempo a mi lado

perdida en un mar de datos.

Ser testigo de tu ausencia impersonada,

del frágil sentir de tu tecleo,

del endeble valor de nuestro sueldo.

 

Para no sucumbir, te invento en nieblas

desde los deseos de tactos trashumantes.

Y, cuando suene un quedo eco de tu agenda,

compartiré cada hueco que te sobre

en esta sociedad acelerada.

 

Valdrá la pena por sentir que aún somos parte

el uno del otro, aunque seamos

automatismos de algo que nos sobrepasa;

algo en que lo material lo copa todo e importa nada.

 

En éste que es tu mundo y no es mi mundo

en el que tornados de carreras nos invaden,

aún me queda algo valioso que entregarte:

Mi fragmento de segundo en tu segundo.

Amor, espinillas y “mamá Naturaleza te lo da”

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Cuando le quitó la camisa y descubrió que todos los granos de su espalda estaban reventados, lo dejó porque supo que había estado con otra. Él tenía gotelé en las paredes de su habitación.

No seré cobarde

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No seré un cobarde

de esos que viven de apetitos

en presentes subjuntivos

entre fobia y necedad.

 

De esos que plañen

sin que afloren en sus ojos

mimbres estabilizadores

que emparejen con el mar,

 

quejumbrosos de todo

y toreros tras la barrera,

velos de luto aceptado,

entrenadores de sofá.

 

De esos que rabian

a la espalda, ¡y aun traicionan!,

oficiales de Viriato,

Judas entre las tramoyas.

 

De esos que hundidos

en las simas más profundas

aún se yerguen fingidores

impostando orgullo.

 

No cambiaré mi dignidad por praxis,

me niego a revivir anhelos

me niego a buscar consuelo

en la tranquilidad de claudicar.

 

No habrá guerra que no luche,

no habrá asignación que firme

ni habrá paz que yo acepte

por obviar mi terquedad

 

No aceptaré jamás ser medio

ni palabra que valga menos

que el objeto por que se me toma.

Podéis llamarme contumaz.

Un silencio en voz alta


¿Cuánto más turba

cuanto masturba,

que es como joder en un solo sentido,

que aquello que deja intocado?

Es dueño de la callada quien fuera atacado

por haberse defendido

incluso fuera de su turno.

 

Quien alzara campanas al vuelo

ante la justa defensa,

alegará en vano, y no es sano,

porque el vacío le hará respuesta.

¿Quién en su salvo juicio

buscaría entre los resquicios

de a quien acusa de impericia

la mano que le rascara?

 

Quien, entonces, aparezca a pulir un poco

la defensa hecha a pelo

tendrá ración doble de anonimato,

pues realzará cada letra

que su polución perpetra

dándole brillo con su ornato.

Ante su ariete de ofensas, de silencio harán acopio.

Y se regodearán.

Hay quien ve la paja en el ojo ajeno

y no el bukake en el propio.