6:24:35; tren a Ciudad Salada

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A las 6:24:35 sale el último tren, para Ciudad Salada. No es el último tren para Ciudad Salada. Es el último tren. Para Ciudad Salada. La humanidad no volverá a retomar jamás esta tecnología. Dos minutos y diecisiete segundos más tarde, el expreso Sebastopol-Moscú descarrilará. Un rayo de luz impactará el carril por que circula y el impacto hará que la vía se vuelva una cremallera.

El tren a Ciudad Salada es una esperanza barroca, basada en suposiciones. La ciudad destino tiene un refugio multitudinario y, en el peor de los casos, puerto. La locomotora avanza con esfuerzo. La cabalgata de vagones se pierde de vista. Cada cajón está atestado de personas.

El tren a Ciudad Salada parte con dieciséis minutos de retraso. No hay protestas. La gente tiembla apretándose contra sus paredes. Unos sobre otros. El tren París-Marsella sí salió a tiempo de la estación. Ahora, yace volcado a un lado de la vía. La locomotora está rajada de extremo a extremo, pero no hay fuego.

A las 7:53:21, el tren llegará a Ciudad Salada. Habrá sido afortunado. A las 6:43:18, un rayo de luz desmembrará el trigésimo quinto kilómetro, dos minutos después de que el tren recorriera ese tramo de vía. A las 7:14:16, un camión estallará en llamas y bloqueará los raíles, pero el tren podrá atravesar su carcasa hecha cenizas sin detenerse.

El tren a Ciudad Salada será el último que alcance su destino. A las 8:16:12, el tren con destino a Valencia frenará de emergencia a dieciséis kilómetros de su meta. Sus pasajeros deberán recorrer a pie el último tramo.

Los viajeros del tren a Ciudad Salada no son afortunados. El búnker cerrará su cupo cuando apenas alcancen los cincuenta primeros. La familia Lee-García quedará dividida. La madre y el hijo más pequeños serán recibidos, pero al padre habrá de ser sometido por la fuerza y su cuerpo será pisoteado frente a las puertas. Su hija mayor tratará sin éxito de alcanzar los muelles. Se refugiará en los túneles del metro.

El tren a Ciudad Salada se deflagrará a las 8:43:07. No habrá nadie que lo atestigüe. Ciudad Salada será engullida por un rayo de luz blanca. Dos tercios del búnker, así como sus respiraderos, desaparecerán. Las aguas circundantes serán barridas. Los túneles inferiores del metro protegerán a aquellos que no sean aplastados por los escombros.

Uno de cada 27 pasajeros del tren a Ciudad Salada podrá contar la historia durante los siguientes tres años. Después, la ceniza del ambiente volverá a diezmar la población hasta que la cultura subterránea consiga volver a formar ciudades.

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Amórbido

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Te visitaré cuando llegue esa noche

en que marchiten tus espinas,

cuando tus pétalos, otrora turgentes,

enmudezcan en su caída.

 

Aprovecharé la pausa de tu magia

para optar a vencer tu embrujo;

entonces, me daré el lujo

de ser quien luzca la carne.

 

Seré arsenal de lujuria,

y, en la ausencia de tu encanto,

regresaré noches de llanto

a quien antes me las prestara.

 

Fuiste tú mi amor más informal,

mi más fiel enemiga.

Derroché en regueros de tinta

lo que me diste en saliva.

 

Cuando tu belleza, marcescente,

se apague por tu fatiga;

cuando el brillo de tus ojos

no vele tu viperina;

aprovecharé la ventaja

para seguir en tu vida.

Café

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Rima I

 

Me invitó a una taza de café frío;

me supo a amor recalentado.

Ni los posos del pasado

supieron guardar sabor.

 

Rima II

 

Si no tienes café,

¿para qué me despiertas?

Yo no vine a buscar ni el sudor de tu piel

ni tus piernas abiertas.

 

Si no tienes café,

no merece la pena.

 

Dependencia mórbida

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Cuanto más lejos te vas
más me cuesta el amor
y menos duele.

Conforme pasa el tiempo
menos me enervo
y más tranquilo sé amar peor.

Aunque nos cruzamos al tanto,
cada vez te veo menos
incluso en los mismos lapsos.

Pero la experiencia no es vana
y, cuanto menos extraño,
mejor te echo de menos.

 

Bella

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Era tan bella que olvidé la garantía de mis actos;

su belleza era tan grande que se perdía

la razón por la que la belleza es definida.

Yo la amaba, por la necedad de esa belleza,

con más nocturnidad

que alevosía.

 

La amé más allá de lo que pude,

pero no la amé tanto como quería;

y, por amarla en cantidades desbocadas,

la amé mucho más de lo que merecía.