¿Cuál sería el título?

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¿Y si comenzamos una historia? ¿Qué tal la siguiente imagen?

Comenzaría nombrando la siguiente imagen. ¿Qué nombre le darías? ¿De qué iría?

¿Y si…?

Cualquier propuesta, irá directa a encuesta y, próximamente, veremos si podemos realizar “algo chido” en directo.

Iré informando.

En veredas sin rumbo

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No hay suficientes sendas

de aquí a mi casa

He transitado sin éxito

tantos caminos;

a veces con fortuna de oro,

otras, las más, arrastrado por un sino de barro.

Devolverse al origen, cada vez es más complicado:

las rutas se multiplican

y la meta se desplaza más allá sin moverse.

Vamos haciendo agujeros

en los corazones,

propios e impropios,

a fin de llenar los huecos de nuestros estómagos,

y se van quebrando

una y otra vez

fidelidades eternas,

juradas con pactos de sangre.

La meta se aleja

y queda como referencia ese anhelo

que fluye desde las llagas

del corazón.

Propio e impropio a una.

Quedamos erguidos, al cabo,

aún hay glucosa en nuestras arterias

¡y Oxígeno!

Al menos, un tiempo.

Mientras el horizonte se aleja,

al final,

hasta eso se agota.

De hitos

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Yo creí mi paciencia infinita,
mi amistad sin mesura.
Creí transitar sin juzgar a los otros.

Creí en mi voluntad por encima de todo
y de todos.
Creí que no hallaría aristas en mi vidrio,
en mi ventana de observar en la distancia y a salvo.

Me hice inmune a las caricias,
a los halagos, a las críticas.
Sacudí la sombra gris tras de mi sombra.

Pero, irrevocable, la ira
se fue apoderando de mis emociones.
Se hizo una con el enojo

pero también una con la tristeza
y hasta el amor.
Una conmigo.

Y el despropósito fue la senda abierta.
Toda la suerte pareció mala suerte,
y la vida solo se fingió presente.

De hito a hito,
se descalabró hasta el deseo

Una moral ardiente


Algo en la desgracia del vil hay

que amotina en nuestras arterias

una suerte de sangre en algarabía.

Un zigzag que alcanza, bullente,

nuestro occipital con su cosquilleo.

Un sentimiento de justicia

burlada tantas veces,

de retribución universal sobre la culpa.

Es la moral del tibio que aún se nos recrea,

que nos hace pensar en el karma

como arma de equidad inaccionada,

que nos exime de la responsabilidad

y, en insidiosa pereza,

nos da la oportunidad de un regodeo inmerecido.

Se disponen herramientas más nobles

en la confrontación de la afrenta,

en la toma de decisiones;

en la respuesta inmediata así nos llevé al pecado.

Aquel que consigo porta su orgullo

y no una modestia impostada,

no encuentra placer en el mal de un victimario

si no es planificado.

Soldados en blanco y verde

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Las noches pasan silentes

como las balas lejanas

sin que haya una tragedia

fuera de lo cotidiano.

Atrincherados en los bordes

fantasma de otras tierras

excavan tumbas ajenas,

que no son ajenas

en tiempos de paz.

Extienden sábanas frías

incapaces de templar la carcasa

del caído en la frontera,

desecho de lo que acontece.

Empero, suman brazos

y manos y cuerpos y fuerzas,

si se acumulan los muertos

no es por falta de denuedo;

aquí hasta el más ruin

no ahorra arrimar su hombro.

A la paz, enteléquica,

sólo la acechan, irracionales,

los vivos que aún se destajan.

Yertos, no hallan descanso:

la tierra revuelta carece de relevancia.

La rutina se mantiene tibia

y, quienes la sugieren, saben

que conlleva más esfuerzo

cubrir los turnos de guardia

que afrontar batallas.

En las fronteras fantasma,

cientos de uniformados

cavan al día tumbas nuevas:

Tumbas para soldados ajenos.

Tumbas que no son ajenas.