Una moral ardiente


Algo en la desgracia del vil hay

que amotina en nuestras arterias

una suerte de sangre en algarabía.

Un zigzag que alcanza, bullente,

nuestro occipital con su cosquilleo.

Un sentimiento de justicia

burlada tantas veces,

de retribución universal sobre la culpa.

Es la moral del tibio que aún se nos recrea,

que nos hace pensar en el karma

como arma de equidad inaccionada,

que nos exime de la responsabilidad

y, en insidiosa pereza,

nos da la oportunidad de un regodeo inmerecido.

Se disponen herramientas más nobles

en la confrontación de la afrenta,

en la toma de decisiones;

en la respuesta inmediata así nos llevé al pecado.

Aquel que consigo porta su orgullo

y no una modestia impostada,

no encuentra placer en el mal de un victimario

si no es planificado.

Soldados en blanco y verde

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Las noches pasan silentes

como las balas lejanas

sin que haya una tragedia

fuera de lo cotidiano.

Atrincherados en los bordes

fantasma de otras tierras

excavan tumbas ajenas,

que no son ajenas

en tiempos de paz.

Extienden sábanas frías

incapaces de templar la carcasa

del caído en la frontera,

desecho de lo que acontece.

Empero, suman brazos

y manos y cuerpos y fuerzas,

si se acumulan los muertos

no es por falta de denuedo;

aquí hasta el más ruin

no ahorra arrimar su hombro.

A la paz, enteléquica,

sólo la acechan, irracionales,

los vivos que aún se destajan.

Yertos, no hallan descanso:

la tierra revuelta carece de relevancia.

La rutina se mantiene tibia

y, quienes la sugieren, saben

que conlleva más esfuerzo

cubrir los turnos de guardia

que afrontar batallas.

En las fronteras fantasma,

cientos de uniformados

cavan al día tumbas nuevas:

Tumbas para soldados ajenos.

Tumbas que no son ajenas.

El descabellado arte del harakiri

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La vida es un adorno

que acompaña una carcasa.

No alcanzo a valorarla en pleno

si lo que importa está de paso

y permanece lo inane.

El para qué pensar de más,

el para qué los esmeros

se agolpan en mis silencios.

Frente a mí, la mar.

Me siento al Sol y desvarío en el sitio:

¿qué hay más inútil que el arte?

Y, mientras pienso, el astro me dice adiós

dejando sobre las aguas una estela trémula

de belleza sublimada. Y breve.

Esa cadena de pensamientos me acercan

hasta la mar, ida y vuelta.

Y, de regreso, hace frío.

Lo que se va no retornará;

al menos, nunca a esta playa,

sólo nadan a contracorriente las ideas;

éstas viajan cuanto quieren,

porque no saben cargar lastres

porque no atienden a los cuerpos.

Para ellas, el océano es sólo un lienzo

y se remojan y vuelven

destintando las olas.

¡Qué quieta las espera la mar!

Cuando se cierra la noche,

se atreven a enseñar su rostro

las luminarias del cielo.

No les pregunto, soy consciente

de que no responderán nada.

Las más firmes de entre ellas

ni siquiera variarían su brillo

aunque les llegaran mis dudas.

Y, entre titilares, una en fuga

hace un espasmo evanescente.

Sabe que la miré y ella me mira

en el momento en que su reflejo

se extingue entre la marea.

Voy acreditando mis ciclos

y la mar nunca se mueve,

aunque cada vez está más cerca.

<<¿Cómo juzgarle su hambre?>>

digo, al fin, afilando mis palabras

mientras me voy adiestrando,

al compás de cuanto observo,

en el descabellado arte del harakiri.

Abismos prestados

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El oscuro abismo que nos separa

está plasmado en tus días

y en los míos.

Es una plasta de seda,

una lánguida cadena

que nos conecta.

Ese foso sombrío ante tus murallas,

ese pozo negro pos de mi río,

una empalizada de ínclitas ausencias,

nos impide alcanzar lo que está dicho.

Queda un rayo sutil de ser volitivo,

un poder sensorial que rasgaría ese lienzo,

y transmitir al fin por qué siento frío

y comprender de golpe por qué estás cansada.

Las palabras que parten romas llegan aceradas,

las afila la costumbre de no utilizarlas.

El pozo se aguza;

la luz que le prestamos

lo hace más insondable.