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Chicos Cosmo (s. XXV)

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Hispter siglo XXV

El hombre vence al poeta

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Dame una razón (sinécdoque trasnochada)

y moveré el mundo;

pero no sacarás de mí letras

de sentimiento descontrolado

sino de decisión consciente.

 

No niego que filia mediante,

pero el corazón no está autorizado

Logos libre de ese absurdo!)

a ser la herramienta del hombre

en la distinción de su hado;

 

el bodoque es un condenado

a la inconsistencia perpetua,

y penitencia carga a cuestas

por el discernimiento inadecuado.

El hombre sin criterio es un dislate,

 

¡incluso es menos hombre (si me apuras)!

Para la elección responsable

no hay que adjudicar a la sangre

poderes que no amerita,

ya que es el raciocinio

 

quien vuelve al álter un fin

y no una simple divisa.

Es este sesgo (y lo llamo inteligencia)

lo que nos segregó del poeta

y da valor a la poesía.

 

No exijas arrebatos

ni endechas ni letanías;

si acudes con esas premisas

estás frente al portón errado:

mi arjé es la conclusión precisa (y es su propia garantía).

 

Quede pues aclarado: mi amor

(como elección consciente)

está a la razón supeditado;

pues propone el corazón

pero quien escoge es la mente.

Toca trabajar en Navidad

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-No te desvíes, An. No te desvíes -se reprendió con la voz queda mientras retiraba la puntada mal trazada.
Tenía la cabeza gacha, no tanto para concentrarse sino para pasar desapercibido. Estaba sentado en aquel banco, junto con otros ocho compañeros y la mesa llena de morrales, muñecas, juguetes y otros cachivaches cargados de costuras.
Retomó el hilo y, disimuladamente, lo volvió a enhebrar. No tenía permitido perder el tiempo ni equivocarse. Tenía que acabar al menos cuarenta carteras antes del día veinticuatro. Y ya era veintitrés. Cuando la aguja atravesó el cuero se clavó profundamente en la yema de su dedo. Había muchas cicatrices en su mano y en sus brazos, pero ninguna correspondía a un pinchazo. Soltó un alarido, pero no de dolor si no de rabia.
Aprovechando el dolor como un estímulo, Anouidil, se alzó del banco arrastrando consigo a los compañeros que tenía a su alrededor debido a las cadenas. Era Noldor, no había nacido para aquellas tareas.
-¡Compañeros, llevamos encerrados en esta caverna desde el final de la Tercera Edad! No podemos seguir con la esperanza de que vendrán por nosotros. Debemos liberarnos de nuestras cadenas por nuestra propia mano igual que lo hicimos en la Batalla de Morannon.
Un murmullo recorrió la sala y fue creciendo en intensidad mientras algunos compañeros se alzaban y forcejeaban para tratar de zafarse de sus esposas y collares. Fue alcanzando el nivel de turba hasta que quince orcos armados con látigos entraron en la sala. Repartieron latigazos a un lado y otro, sin preocuparse si las víctimas formaban parte del alzamiento o no. Trozos de carne y sangre saltaron en todas las direcciones.
La violencia y el dolor aplacaron los ánimos y, finalmente, todos los elfos regresaron a regañadientes hacia sus asientos. Las heridas no les eximirían de seguir desempeñándose en su labor. Además, ahora había un problema adicional que resolver. La sangre vertida había arruinado muchos de los productos que se estaban fabricando.
Cuando los orcos abandonaron la sala, el rencor de los compañeros se volcó sobre Anouidil. Sólo tenían un día libre al año, cuando su amo repartía el trabajo acumulado durante todo el año. Pero, el retraso, no les iba a permitir acabar sus tareas en tiempo.
Anouidil trató de contener la hemorragia que salía de la cuenca de su ojo. La ira le hacía soportar el dolor, pero refunfuñaba: “¿Quién iba a pensar que los barcos que partían del puerto blanco no los llevarían a Valinor? ¿Quién iba a pensar que Santa Claus era un Maiar compañero de fatigas de Sauron?”.
Les iba a tocar trabajar en Navidad.

navidad de los elfos

 

 

Lejos

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De entre todas las mujeres,

escogí la más hermosa

dejando a un lado las rosas

que sabían lastimar.

 

Del trajín de sus ideas

y por el brillo de sus ojos

quedé pronto a su antojo

a pesar de mi prever.

 

Yo, que siempre las juzgaba

por lo bien que me cogían,

jamás tuve por certeza

que me podían joder.

 

Fui asumiendo sus enojos

sin quejarme de sus filos,

acabé hecho un rastrojo

previo a poderla enmendar.

 

Como todos los despojos,

fingí que era voluntario

acomplejarme ante su genio

elegir su voluntad;

 

y jaló tan bien mis alas

y lijó tan bien mis garras

que no hizo falta una jaula

que me anclara en mi lugar.

 

Así que acéptenme un consejo,

cuanto más frágil parezca,

sea verdad o sea reflejo,

más distancia le han de dar.