Café

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Rima I

 

Me invitó a una taza de café frío;

me supo a amor descafeinado.

Ni los posos del pasado

supieron guardar sabor.

 

Rima II

 

Si no tienes café,

¿para qué me despiertas?

Yo no vine a buscar ni el sudor de tu piel

ni tus piernas abiertas.

 

Si no tienes café,

no merece la pena.

 

Dependencia mórbida

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Cuanto más lejos te vas
más me cuesta el amor
y menos duele.

Conforme pasa el tiempo
menos me enervo
y más tranquilo sé amar peor.

Aunque nos cruzamos al tanto,
cada vez te veo menos
incluso en los mismos lapsos.

Pero la experiencia no es vana
y, cuanto menos extraño,
mejor te echo de menos.

 

Bella

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Era tan bella que olvidé la garantía de mis actos;

su belleza era tan grande que se perdía

la razón por la que la belleza es definida.

Yo la amaba, por la necedad de esa belleza,

con más nocturnidad

que alevosía.

 

La amé más allá de lo que pude,

pero no la amé tanto como quería;

y, por amarla en cantidades desbocadas,

la amé mucho más de lo que merecía.

 

 

Ay, Rosa


¡Ay, rosa!

Insípida rosa.

Cada día tan perfecta.

Compuesta de pétalos tallados

con mano de artista

en un laberinto espiral

y quien llega a tu final

no encuentra ninguna arista.

Me aburres, rosa.

 

Me aburres, rosa.

Me aburre tu ritmo intestino,

me aburre saber tu opinión

antes de compartirte el hito;

tu popurrí de perfume redondo

¡y hasta se te puede comer!

Rosa eres tan perfecta

Me quedo con el clavel.

 

Me quedo con el clavel.

No hace gala ni se achanta,

tiene néctar y belleza,

pero sus bordes en greca

y, a quien se atreva a morderlo,

le aguarda regusto a hiel.

 

La virtud de la ignorancia

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-¿Qué es el fenestro, abuelo?
-Oh, ¡el fenestro! Es una planta para infusiones. Nadie aquí lo sabe a ciencia cierta, pero sí sé de dónde viene esa palabra.
-¿De dónde, abuelito?
-Hace algunos años, había unos extranjeros que sellaban la paz compartiendo una bebida con sus enemigos. Pues esos extranjeros llegaron a nuestra tierra y guerrearon contra nosotros. La pelea parecía equilibrada y sin ningún beneficio, así que el jefe del pueblo me envió como heraldo para pactar la paz con el líder enemigo. Ellos deseaban la paz también, así que en seguida me ofrecieron dos bebidas para que escogiera. El líder me dijo: o tomas café conmigo o té de fenestro. Como no sabía si me gustaría, y para no mostrar mi ignorancia, decidí que tomaría café.
-¿Y no viste el fenestro?
-No, él también tomó café.
Mientras tanto, a 300 km de distancia otro abuelo conversa con su nieto:
-Normal que no pudiéramos vencerlos. Ese pueblo tiene muchos redaños.
-¿A qué te refieres?
-Amenacé abiertamente con matar a su enviado y acabó imponiéndome sus términos para la paz.
-Quizá fuera por su té de fenestro. Dicen que tiene propiedades mágicas.

Sjisma, el duodécimo. Tres hermanos para un reino

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Sjisma, el duodécimo. Parte I

https://khajinecia.wordpress.com/2015/01/21/sjisma-el-duodecimo-capitulo-1-un-encapuchado-para-una-mision/

Sjisma, el duodécimo. Parte II

https://khajinecia.wordpress.com/2015/02/09/sjisma-el-duodecimo-dos-hermanos-para-una-profecia/

 

Capítulo 3. Tres hermanos para un reino.

–Arena –golpearon la puerta con mucha violencia–. ¡Arena! Por favor, ábrenos.

–Voy, voy –respondió desde detrás de la puerta. Desde la visita de Balgan siempre atrancaba la puerta por miedo a las represalias que, sabía, llegarían en algún momento.

Ya había enviado lejos a todos los hijos que no estaban casados salvo a Kogoll, el décimo hijo. Era una ayuda indispensable en las tareas del campo y, además, era lo suficientemente rápido y astuto para escabullirse de los soldados que vinieran a matarla. Pero esta visita no era de soldados, el asunto parecía tener urgencia de otro carácter.

–Arena, por los cuatro Cardinales, ¡es Marea!

Apartó la tranca y abrió la puerta de par en par.

–A ver, ¿qué pasa?

–Se está muriendo –respondió el hombre, desesperado.

–¿Dónde está?

–En el carro, ven.

Como bien había dicho su esposo, la joven de veinte años se encontraba tumbada sobre un montón de paja en la parte trasera de un carro de bueyes. Se retorcía de dolor y se llevaba la mano al vientre, que estaba un poco abultado.

–Es el niño, quiere llevarme con él, madre –lloriqueó Marea.

–Ayúdame a meterla en casa –dijo Arena, refiriéndose a su yerno.

El hombre tomó a Marea en sus brazos con sumo cuidado y la introdujo en la casa, tumbándola sobre una esterilla en mitad de la sala principal. Arena se arrodilló junto a ella y comenzó a palparle el vientre. Primero sobre los ovarios y posteriormente fue recorriendo toda la zona del bajo vientre por toda la zona superior de la vagina. Finalmente, encontró encima de la matriz el foco del dolor.

–Es un aborto. El niño nacerá muerto y se llevará a Marea con él si no hacemos algo.

–¿Hay algo que podamos hacer?

–Lo hay. Conozco una tisana que ayudará a expulsar el embrión sin causar más daño a la madre. Tengo todo lo necesario en casa salvo el láudano.

–¿Esa hierba no está prohibida?

–¿Quieres que se muera? Ve a conseguirla. La anciana Ajur te dará lo que necesites, dile que te envío yo.

El hombre, aunque medroso, fue eficiente y al rato apareció con tintura de láudano.

–Sólo la tenía así –se excusó.

–Así es como la necesito –todos en el pueblo sabían que la vieja provocaba abortos y la operación que iba a realizar Arena era muy similar.

–¿Cuántas veces has hecho esto?

–He tenido tres abortos naturales. Ajur me salvó del primero, los otros dos yo ya sabía cómo curármelos. ¡Kogoll! Tráeme trapos calientes para tu hermana.

Sjism

Volver

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Volví buscando una última oportunidad de serte fiel,

de agradecerte

y de besar tu cuerpo.

 

Volví olvidando cuanto prometiste y no cumpliste,

con el corazón y los ojos vendados,

inocentes.

 

Volví obviando que ya podías ser de alguien,

o de otro,

o de muchos.

 

Volví olvidando que he vivido sin ti,

y tú sin mí,

y no nos hemos hecho falta.

 

Pero volví, y volví con esperanza de ser tan tuyo como antes

y de que tú fueras tan mía.

 

Volví anhelando el aliento y vaho de tus mañanas

y el calor con que enfriabas cada noche.

 

Volví

y no pensé en que, si volvía, habríamos pasado mil noches solos del otro.

 

Volví

y no pude imaginar no estremecerme

si en cada minuto no se negaba tu ausencia.

Por eso, volví.

 

Pero volví y tú nunca apareciste.

Apareció de ti sólo una sombra,

un humo de huellas frente a mí que me atizaban.

Tu ausencia fue patente en cada gesto y

agitó el hambre que de ti me consumía.

 

Volví y, continuamente, me afirmaste

que seguías siendo igual que en mi partida.

Con luces tan brillantes que cegaban

y ocultaban tu camino ante mis vista.

 

Volví pensando en entregarme entre estos versos,

pero un pálpito pasado repetía

que la realidad no tiene sitio en el recuerdo,

que sólo en sueños de locura aún eres mía.

 

Y a tu sombra no le debo ni un mal beso.

A tus huellas no le sigo yo los pasos.

A tu ausencia no le adeudo ni estos versos.

¡Creyendo que soy tan tuyo y tú tan mía!,

pero de ti, Madrid, queda en mí sólo un retazo.