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Decisiones

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Submarinista en el espacio.jpg

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Profecía

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Estaba la profecía y, también, el señor indefenso. El samurái sopesaba desenvainar su nagamaki. Un cuerno graznó.

-Dice que lo mates -prorrumpió un ashigaru.

-Dice que lo perdones -intervino otro.

El cuervo sólo había graznado.

Cadencia

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Me emociono al ver tus piernas femeninas

mostrándome el principio del camino.

 

Creas una fantasía de receptividad.

De atractivo mágico, de embrujo.

Vislumbro de refilón un muslo, perfilándose entre la media y el borde abierto de tu falda.

La suavidad de su tacto.

El descenso vertical,

hacia arriba hasta tu llaga,

donde espero tus humores más candentes.

 

Las veo en la distancia y la deseo.

La imagino en tu ausencia y me exacerbo.

Si no estás, te recreo en los momentos más sensibles.

Si estás cerca, quiero oír tus vahídos y suspiros.

Quiero sentir tu alteración contra mi pecho.

 

Me enardece el caminar tan estudiado,

la sucesión de los vaivenes con firmeza.

El temblar de tus caderas y tus nalgas,

la fragilidad que imposta tu cintura,

la visión de tu deseo sin tapujo.

 

Y aspiro

a arrasar con las restricciones adheridas

a cada retazo de tu ente femenina.

Reclamo el empaparme en tu vagina

y hacerte vibrar sobre mi sexo.

Quebrar esas ataduras que te anclan.

 

Me emociono al ver tus piernas femeninas.

 

Todo lo demás me lo imagino,

hasta que llega el instante en que te tengo.

 

 Instrucciones para matar el amor

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A un amor que quieras terminar
no le dispares;
no le dispares porque le duele,
pero no lo mata.
El amor herido enseña un caparazón de espinas
y se enquista.
Sólo se aguanta en sobredosis de antiácido
y se despereza si te bajan las defensas.
Al amor, al verdadero,
hay que desangrarlo por años,
dejarle que piense que sanará
para continuar dándole pequeños tajos.
Igual que lleva tiempo construirlo,
al amor se lo mata con paciencia:
se lo mata volteando el papel del baño,
se lo mata en la cocina con mahonesa;
se lo mata aplazando los desfogues,
se lo mata no acompañando a las fiestas.
se lo mata juzgando a los amigos,
se lo mata ofertándolo en escenas.
El problema es que el amor no es el problema.
el amor solamente es lo que acaba.
Cuando se quiebra no quedan de él sino cenizas
que asfixian hasta el fuego de las brasa.
Tras de sí, empero, trae costumbres
y se sostienen cuando aquél se desmigaja;
trae cine los sábados por la tarde,
trae una calidez que acompaña entre las sábanas.
Trae esperanza que se agita tras letargos
y sueños que a la luz se desmañanan.
Al amor que es de verdad se lo desangra,
pero en su derredor todo te dispara.
Cuando acaba, el amor hace conciencia
y subraya, circadiano, la rutina.
todo aquello que se da propio y por cierto
se desgaja de su psyche volitiva.
La voz de los poetas a tenor:
“duele más su ausencia que una herida”
Yo corrijo;
lo malo del amor cuando termina
es que solo termina el amor.

Olas

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Ay, de mi ola,

tan volitiva, tan ávida;

con sus idas y vueltas,

con su lata inconstancia.

 

Ya todos aceptan

que quiere cambiar

una vida de sal

por un nicho de arena;

 

jugar a empezar

bajo el sol implacable

una efervescencia de sentido fugaz

convertida en condena.

 

Y transformarse en vapor,

y perderse en el viento,

aunque no deje huella.

 

Frente a este efímero yo,

actúo para representar

una roca de sal imperecedera;

 

le postulo constancia.

Le digo que también fui ese mar,

y también me asfixiaba,

y agité mis mareas.

 

Pero no soy agua brava

y de aquel pretérito

quedan sólo resacas.

Y no se las cree

 

porque no las ha visto,

porque ya las controlo.

Y la dejo romper en las rocas

y saltar en rocío.

 

Ay, de mi ola,

la veo romper y empezar a bullir.

Mientras, alboroto los fondos.

Historia de un relato

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Cuando escribí el cuento sobre un funcionariado oculto del Estado no pensé que fuera a tener tanta repercusión. Me hizo gracia imaginar un aparato de captación de talentos por parte del poder más allá de los cuerpos de espionaje que proponen tantas y tantas novelas. Prefería un esquema más sutil.

El uso de espías puede parecer poco explícito pero, al cabo, son fuerzas que usan la violencia de forma directa, aunque sus golpes no estén a la vista. Un relato de este tipo puede intrigarte si está bien escrito, pero nada más. Yo quería escribir algo que causara verdadero pavor, aunque los primeros que lo leyeron decían que carecía de fuerza. Al parecer, un escritor o un periodista al servicio del estado no son suficientes para causar pánico. Quizá yo no comparta las formas de mis miedos con el resto de la población.

Mis amigos me dijeron que faltaba una amenaza directa, sangre o presión psicológica. Eso a mí no me causa miedo. Un muerto está muerto y tres personas paralizadas por un psicópata, al final, son sólo tres personas asustadas. Eso no es miedo, es empatía.

Miedo es pensar que, al menos, somos libres en nuestra forma de pensar y que no lo seamos. O que nos permitan ser rebeldes dentro de una jaula ideológica establecida. Que haya gente formada explícitamente para generar polémicas autoconclusivas que nunca lleven a ningún fin. O generar un grupo de escritores de best-sellers con contenido vacío, para que la gente, simplemente, lea sin pensar. Eso, para mí, es miedo.

Sin embargo, los editores parecían compartir la idea de mis allegados y rechazaron publicar mi relato. Alegaban que no se iba a vender. Yo insistí, rebajando mi caché. Fui rechazado con malas formas, como si fuera un escritor novel.

Resuelto a que lo leyera alguien, lo presenté a varios concursos, pero no recibí respuesta alguna. Finalmente, me llegó a casa la citación y me trajeron aquí. Al parecer, a alguien le gustó el contenido de mi cuento y me han ofrecido un empleo fijo. Mañana daré el discurso de apertura del primer curso de la UIE: la Universidad Interna del Estado.