Sincretismo

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Soy nacido en tierra azteca:

me cago en los tlaxcaltecas

y en los pinches españoles.

 

Me exacerba la existencia

de las virtudes mezcladas

de traidores e invasores

con nuestra esencia sagrada.

 

Porque no me hagan la cama,

he accedido a tolerarlos,

pero los finto si es posible

y me apresuro a juzgarlos.

 

De esta insana convivencia,

sin embargo, salen dudas

y, aunque mis venas corren puras,

hay sobradas contingencias:

 

Pasa que soy racionalista

de los de corte pragmático

y, como no arrecia un chubasco

por más que exhiba otras vísceras,

truqué a Tonatzin por María

haciéndome sincretista.

 

Dejo claro que por uso

y no por creencia plena

pero ante la mínima grieta,

por no parecer asceta,

me meto a un buffet de carne.

 

En mi crisis religiosa,

me he ubicado en pleno cisma

aferrado a según qué arista

siguiendo la circunstancia.

 

Guardo buen temor de Dios,

tantito menos que antes,

pues los altares sangrantes

he cambiado por misales.

 

Ahora le bajo al sacrificio

y le subo al crucifijo

que es de cariz más amable;

y, si hace un frío que pela,

al menos es de madera

y, al prenderlo, bien calienta.

 

Pero, cuando aprieta el hambre,

y hay pozótl de Masiosare,

se me empluma la serpiente,

y, si es lo bastante urgente,

 

yo mismo busco enemigo:

le dispongo a las floridas

guerras de mis precursores

y hago honra a Quetzalcoatl.

 

Ángeles y santos perdonan

y, si no, existen personas

que borran las malas vibras

poniéndome en sintonía

con sus cuarzos y tribales,

con sus ritmos ancestrales,

y me salva Pachamama.

 

Si me despierto en la mañana

con ansias de ser budista

de mi lama de garantía

satisfago la cuchara.

 

Al cierto fin de esta vida,

si, de a malas, hay infierno,

encontraré quién me defienda,

y en caso de que nadie atienda

a mi llamada de auxilio

habrá tremenda barahúnda

por ser el primero en juzgarme.

Y, con seguridad de entre ese Caos

hallaré qué me convenga.

 

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¿Y si poesía?

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(¿Quién vela el valor de la poesía?

A veces, no entiendo algunos afanes

de adjetivar cualquier nombre

para marcarle otra cota.

¡Que no! Que no me parece bien,

la poesía no es eso;

no puede ser hilar en balde versos

solo para hacer que rimen)

 

He encontrado mil frondas descritas de un solo árbol,

todas en el mismo tono:

recrearse en lo estático y no en lo estético.

(¡Si es hoja, es hoja, carajo!)

Faltar al dinamismo en pos de la recreación

es fallarle al propio escrito

(y al acto de comunicación).

 

Entiendo, y en la tinta dejo claro,

que sólo he de dar sentido a mi consentido: el verbo

“Lo más sutil es más útil”

yo parto de este argumento,

y, por ello, aunque me esfuerzo,

lo místico no lo mastico.

 

Me exasperan las rotondas sin salida,

cuando se adornan los coros escojo el campo través

y me salto versos vanos cargados de insignificado.

Por mi parte, yo guardo la promesa,

aunque sepa que este camino hoy lo camino al revés,

de mantener esta premisa.

 

(Al menos en futuras prosas

si la poética se atora).

6:24:35; tren a Ciudad Salada

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A las 6:24:35 sale el último tren, para Ciudad Salada. No es el último tren para Ciudad Salada. Es el último tren. Para Ciudad Salada. La humanidad no volverá a retomar jamás esta tecnología. Dos minutos y diecisiete segundos más tarde, el expreso Sebastopol-Moscú descarrilará. Un rayo de luz impactará el carril por que circula y el impacto hará que la vía se vuelva una cremallera.

El tren a Ciudad Salada es una esperanza barroca, basada en suposiciones. La ciudad destino tiene un refugio multitudinario y, en el peor de los casos, puerto. La locomotora avanza con esfuerzo. La cabalgata de vagones se pierde de vista. Cada cajón está atestado de personas.

El tren a Ciudad Salada parte con dieciséis minutos de retraso. No hay protestas. La gente tiembla apretándose contra sus paredes. Unos sobre otros. El tren París-Marsella sí salió a tiempo de la estación. Ahora, yace volcado a un lado de la vía. La locomotora está rajada de extremo a extremo, pero no hay fuego.

A las 7:53:21, el tren llegará a Ciudad Salada. Habrá sido afortunado. A las 6:43:18, un rayo de luz desmembrará el trigésimo quinto kilómetro, dos minutos después de que el tren recorriera ese tramo de vía. A las 7:14:16, un camión estallará en llamas y bloqueará los raíles, pero el tren podrá atravesar su carcasa hecha cenizas sin detenerse.

El tren a Ciudad Salada será el último que alcance su destino. A las 8:16:12, el tren con destino a Valencia frenará de emergencia a dieciséis kilómetros de su meta. Sus pasajeros deberán recorrer a pie el último tramo.

Los viajeros del tren a Ciudad Salada no son afortunados. El búnker cerrará su cupo cuando apenas alcancen los cincuenta primeros. La familia Lee-García quedará dividida. La madre y el hijo más pequeños serán recibidos, pero al padre habrá de ser sometido por la fuerza y su cuerpo será pisoteado frente a las puertas. Su hija mayor tratará sin éxito de alcanzar los muelles. Se refugiará en los túneles del metro.

El tren a Ciudad Salada se deflagrará a las 8:43:07. No habrá nadie que lo atestigüe. Ciudad Salada será engullida por un rayo de luz blanca. Dos tercios del búnker, así como sus respiraderos, desaparecerán. Las aguas circundantes serán barridas. Los túneles inferiores del metro protegerán a aquellos que no sean aplastados por los escombros.

Uno de cada 27 pasajeros del tren a Ciudad Salada podrá contar la historia durante los siguientes tres años. Después, la ceniza del ambiente volverá a diezmar la población hasta que la cultura subterránea consiga volver a formar ciudades.

Amórbido

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Te visitaré cuando llegue esa noche

en que marchiten tus espinas,

cuando tus pétalos, otrora turgentes,

enmudezcan en su caída.

 

Aprovecharé la pausa de tu magia

para optar a vencer tu embrujo;

entonces, me daré el lujo

de ser quien luzca la carne.

 

Seré arsenal de lujuria,

y, en la ausencia de tu encanto,

regresaré noches de llanto

a quien antes me las prestara.

 

Fuiste tú mi amor más informal,

mi más fiel enemiga.

Derroché en regueros de tinta

lo que me diste en saliva.

 

Cuando tu belleza, marcescente,

se apague por tu fatiga;

cuando el brillo de tus ojos

no vele tu viperina;

aprovecharé la ventaja

para seguir en tu vida.

Café

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Rima I

 

Me invitó a una taza de café frío;

me supo a amor recalentado.

Ni los posos del pasado

supieron guardar sabor.

 

Rima II

 

Si no tienes café,

¿para qué me despiertas?

Yo no vine a buscar ni el sudor de tu piel

ni tus piernas abiertas.

 

Si no tienes café,

no merece la pena.