Con sus infinitos ojos tristes

y su perenne sonrisa

sería capaz de convencer al mar

de que odiara al agua.

Con su eterna prisa

por estar en calma

sería capaz de acelerar a la tortuga

y dejar exhausta a la liebre.

Con ajadas lágrimas

que nunca lloró por estar sus pupilas ya secas

inundó el desierto que el vacío sentía.

Lo engañó.

Lo arrasó.

Pero cuando se fue

la echó de menos

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