Bueno, esto no es más que el boceto final del prólogo del libro que lleva dos años en la manufactura Peñín y que si Dios quiere y el tiempo (libre) nos acompaña, finalizará su fabricación en el verano del 2007. A todos aquellos que me han dado su apoyo (XDDD) durante la fabricación de tal prodigio de la escritura (XDD), gracias. Y, bueno, ya sé que es un poco largo de leer (casi una página de word en letra 10), pero os pido a todos aquellos que se pasen por aquí que, si tienen tiempo, le echen una ojeadita y me den su opinión, pues pretendo equiparar al nivel de escritura del prólogo el resto del libro y si disgusta, o gusta, o betusta, o fusta, o lustra, me gustaría saberlo.

Un abrazo, Producción.


Prólogo deEl Guardián de la Esperanza

Después de quince años de guerra civil la victoria cayó del lado de los legítimos reyes de Dentheria. Bajo la bota de hierro de sus ejércitos, el país se había convertido en un sembrado de muertos y vencidos. De aquellos que habían intentado usurpar el trono, los más afortunados habían huido del país o habían muerto en batalla. Un destino peor esperaba a los que se habían rendido esperando algún tipo de clemencia o habían sido capturados. Entre estos últimos se encontraba el líder de la revuelta, una especie de demente bienintencionado llamado Glossa, que se declaraba profeta y vidente a un tiempo. Era un hombre singular, un extranjero harapiento y famélico que había conseguido reunir una legión de voluntarios que seguían ciegamente sus órdenes.

Fue arrastrado entre la gente del pueblo, que se agolpaba contra la línea de soldados para presenciar la ejecución del que había sido cabecilla de muchos de ellos y acérrimo enemigo del resto. Le habían arrancado los ojos y la lengua, para que sus palabras no encendieran nuevas llamas de revolución. Sus cuencas vacían se dirigían a la multitud, como si realmente pudiera discernir algo en la oscuridad. Verduras podridas y esputos impactaban en él y a su alrededor, y se mezclaban con el tenue reguero de sangre que iba dejando sobre la tierra. La tortura a la que le habían sometido había sido brutal.

Encima del patíbulo su figura resultaba todavía más patética. Sin vista y, prácticamente, sin conciencia, esperaba casi ansioso su final. Apoyaba todo su peso en la pierna derecha porque la izquierda estaba partida, y si se mantenía en pie era por la sujeción que le proporcionaban dos enormes soldados que se encargaban de controlarle.

Nemonia subió elegantemente. Era una joven hermosa, de cabello negro brillante que le caía haciendo ondas sobre sus hombros desnudos. Vestía de púrpura de pies a cabeza, como era habitual en la realeza dentheriana, enseñando solamente la parte más alta de su escote por encima del vestido.

Hacía un año que se había convertido en la esposa del rey de Dentheria y muchos decían que habían sido sus estrategias las que habían hecho posible ganar la guerra. Descendiente de brujos de la Torre Negra, era, además de bella e inteligente, una buena maga, requisito indispensable para gobernar un país de tanta tradición mágica.

Miró a su esposo, que se asomaba a un balcón de su castillo, y el afirmó con su cabeza. Ella se acercó a Glossa y extrajo con cuidado una daga ceremonial que le ofrecía uno de sus ayudantes de cámara. Levantándola sobre la cabeza del profeta con las dos manos, se preparó para descargar el golpe. Aquél que había mantenido en vilo un país iba a morir a sus manos y eso le hacía sentirse llena de poder.

En el momento en que sus manos clavaron el cuchillo en la nuca del líder de los glossistas, éste se zafó entre estertores de las manos que le sujetaban, y todo el mundo creyó oírle pronunciar:

– Dentherianos, muchos de vosotros me habéis seguido porque creíais que os liberaría del yugo opresor de vuestro rey. Os he fallado y, por ello, os pido perdón. Creía que era el momento de acabar con vuestro sufrimiento, pero muchos, demasiados, prefirieron ponerse del lado equivocado.

>>Sin embargo, habrá otra oportunidad para cambiar vuestras vidas. Esta noche, mientras mi cuerpo era masacrado por el dolor, alejé mi mente y, fuera del tiempo y de este mundo material, conseguí ver una mínima esperanza. En esta tierra nacerá un salvador que dará fin a la Maldad. Un mago poderoso, el más poderoso, que llevará al pueblo al camino hacia la libertad.

Todos habían quedado sorprendidos por la disertación de Glossa. Incluso la reina había quedado inmóvil, sin reaccionar, escuchando el discurso del muerto. Cuando recuperó la compostura ordenó a los soldados que derribaran al vidente, pero no hizo falta. Al acabar de hablar cayó él mismo como un trapo. La gema de la reina refulgió de nueva magia, era su primer mago muerto.

Entre el pueblo que había presenciado la muerte del profeta se levantó un murmullo. Poco a poco fue aumentando su volumen y, de pronto, alguien gritó:

– ¡Viva Glossa!

Un pivote de ballesta se clavó en el pecho de un plebeyo y todo el público calló. En su origen se encontraba un guardia del Lobo. Todos se alejaron del cadáver sin protestar ni tratar de socorrerle, sin importar que aquél hubiera sido o no quien gritó. El rey sonrió. Esperaba alguna última estratagema del profeta.


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