Hace mucho qu eno escribo por aquí, así que colgaré esto para ver quien quiere leer. Ya sabéis el clásico de quien lea que escriba.
Sin título

Sus ojos tenían el poder de hacer el bien a quien los mirara. Ella lo sabía, y por eso observaba con calma todo lo que sucedía a su alrededor.

Los de él, sin embargo, despedían amargura y aquello en lo que fijaba su vista perdía color y lustro, ya fuera material o sentimientos… Nada, por puro que fuera podía evitar sucumbir.

Pasaron los años y fue inevitable que uno oyera hablar del otro. Trataron de encontrarse. Ella buscaba la forma de devolverle la alegría y evitar el mal que hacía:

– Sólo tengo que verle.

Él trataba de mantener bajo el control de sus ojos todo lo que había causado.

– No conseguirá esquivar la realidad.

Y se encontraron. Ninguno quiso clavar la mirada en las pupilas del otro porque de ahí venía su poder. Así, paráronse a hablar, recorriendo con su vista cada rincón del cuerpo ajeno.

– Sé quién eres – dijo ella.- Y no te tengo miedo.

– Miedo es, precisamente, lo que produzco, y tú no eres ninguna excepción, tienes más que perder que nadie.

– Aún así no es miedo lo que siento cuando estás aquí. Tengo dudas.

– ¿Dudas?

– ¿Por qué quieres destruir?

– Jamás dije eso. La pregunta es, pues, incorrecta.

– Corrígeme.

– Eso haré. Formula por qué destruyes y responderé.

– ¿Por qué destruyes?

– Porque la gente no me acepta y soy inevitable. De mí puedes aprender, pero también se puede caducar conmigo. Es su culpa si sólo eligen una de las dos. Es por el miedo.

– Es por el miedo – repitió ella con una sonrisa.- ¿Y si alguien no te tuviera miedo? ¿Llegaría a sucumbir?

– Inevitablemente.

– Entonces habría que apartarse de ti.

– Es imposible; quiera o no quiera siempre estoy, incluso donde no estoy.

Ella perdió la sonrisa y en su rostro quedó tan sólo una mueca. Se quedó pensando unos instantes, pero su impaciencia le traicionó.

– ¿Y qué se puede hacer contigo?

– ¿Quieres que te diga como derrotarme?

– Sí.

– No puede ser. Si yo faltara tú perderías tu poder. Soy tan necesario como tú.

– Explícame tu existencia.

Él rió con fuerza.

– ¿Por qué debería?

– Has dicho que no querías destruir.

– Ni que me destruyan. De todas formas es imposible, nadie puede terminarme. Y si sucediera dejarías de tener sentido.

Pasaron años hablando, sin que ninguno de los dos pareciera darse cuenta de ello. Alrededor de los ojos de ella fueron trazándose unas arruguillas, pero no fueron capaces de afear su cara. De hecho la edad le confirió una nueva forma de belleza, más tranquila.

Él mantuvo el dibujo de su rostro, sin que nada pareciera capaz de perturbarlo. Sin embargo, de alguna manera, una luz se había prendido de su mirada y alegraba su triste faz.

– Así que, en esencia, soy la parte de ti que te falta para poder ser.

– Y viceversa – respondió ella asintiendo.

– Así es.

 

Fin

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