Otra forma de Pensar,  Hernando Cosí

Revista dominical de “El Diario”,

Madrid, a 26 de Abril de 2008

Menteblandia

 

Tras 23 años de dictadura inmisericorde, Menteblandia es un país de tiranos vencedores y bondadosos vencidos. Clérigos y militares gobiernan a su antojo y a ellos se enfrentan los siempre sobrevalorados revolucionarios. Tal es el poder de los opresores que su filosofía ha arraigado incluso en los corazones de quienes luchaban y luchan en su contra. Discursos moralistas y moralizantes y balas y explosivos están a la orden del día en los dos bandos. Por ello una nueva idea, no nueva por original si no porque no había sido aplicada antes en Menteblandia, sorprendió a propios y extraños. Pero comenzar la historia desde aquí sesgaría vuestro conocimiento, pues nuestros medios de comunicación parecen tener prohibido hablar de Menteblandia y en ningún país democrático se la nombra, por miedo a que su ejemplo cunda y se le dispute a la democracia su duramente adquirida fuerza. Así pues, me dispongo a relataros lo que ocurrió hace un año.

El señor X (no me ha permitido dar su nombre por temor a las represalias) era un trabajador como otro cualquiera, de los que opinaban que los malos estaban en los altos cargos y los buenos se enfrentaban a ellos desde la calle, aunque sin ninguna posibilidad de vencer. No le molestaba la represión a la que estaba sometido porque, como decía: “aunque fuera legal, yo no haría nada de lo que no está permitido actualmente”; sin preocuparse de que, precisamente, en educarles para pensar así basaba su poder el actual gobierno. De esta forma, con la cabeza gacha y los hombros hacia el suelo, cargaba con el peso de mantener la economía de su casa sin que se le pasara por la cabeza unirse a los grupos revolucionarios. “Sí, si tienen la razón, pero si yo me enfrento al Gobierno…¿quién cuidará de mi familia?”. Así pasaban sus días, uno tras otro, fluctuando en mil tonos diferentes de gris, sin llegar nunca a ser blancos o negros.

Pero un mal día, un error burocrático se llevó por delante a su familia. El hijo del señor X, estudiante universitario, había sido relacionado con un grupo de esos que se hacían llamar de liberación y, en la consiguiente acción policial, la familia de X, acusada de resistencia, fue arrestada al completo y encerrada en una de aquellas prisiones de las que sus reclusos nunca volvían. El señor X se encontraba trabajando en los estudios de Única, televisión estatal, y, como no había razón para temerle, no se tomaron más medidas.

Cuando llegó a su casa y se enteró de lo que había ocurrido, el señor X se sumió en una terrible depresión, por la que le dieron una baja indefinida en su empleo. Sólo salió de ella cuando decidió culpar de sus males al Gobierno de Menteblandia. Buscó a los amigos de su hijo y mediante los contactos de éstos, en poco tiempo estaba relacionado con los más influyentes líderes de la revolución.

Al principio, a pesar de su pasado, fue observado con lupa, no fuera a ser un infiltrado y el secuestro de su familia un montaje, pero cuando su rechazo quedó patente fue aceptado como un camarada más. Sólo le diferenciaba del resto su absoluto desdén por las armas mortíferas, asegurando que únicamente causaban odio.

Un día, clarividente, percibió la oportunidad definitiva de acabar con el poder del Enemigo, como llamaban a los gobernantes de Menteblandia, y expuso su plan al cabecilla de los revolucionarios, que aplaudió la ocurrencia y dispuso todo lo necesario para llevarla a cabo.

Aprovechando un concurso musical internacional, en el que un cantante o un  grupo de cada país competía con el resto para ser elegido el mejor del momento, que era seguido por la amplia mayoría de la población por televisión, tomarían la cadena

Única por la que se retransmitía y movilizarían a todo el pueblo con un discurso breve pero muy intenso, antes de que las fuerzas de seguridad tuvieran tiempo de reaccionar. Con todo el país echado a la calle, unido por su propia fuerza, el Gobierno no tendría otro remedio que claudicar. Hasta el ejército se pondría de parte de los revolucionarios una vez que viera que no era posible controlar la situación.

– Y además sé cómo entrar sin llamar la atención. He trabajado para la cadena durante doce años y conozco huecos por los que podríamos colarnos, sin ser detectados, para secuestrar la señal. No harían falta ni armas.

– Nos ganaríamos el cielo – contestó el líder de la revolución y el señor X hizo caso omiso del comentario, aunque resultaba chocante en un hombre que se declaraba ateo.

 

Todo estaba perfectamente organizado para ese día. El plan no había salido más allá del círculo que formaban los dirigentes de la revolución, por miedo a que algún infiltrado pudiera revelarlo y estropear el plan, pero esto no había sido impedimento para que todos estuvieran preparados.

Los revolucionarios tuvieron que dispersarse para no llamar la atención. La mayoría ni siquiera se dirigirían hacia la cadena, para atraer a las fuerzas de seguridad hacia otros puntos de la ciudad; de hecho, ninguno sabía cuál era la acción por la que se había organizado todo. De esta forma, las brigadas de la policía que patrullaban masivamente las calles, alertadas porque algo importante podría ocurrir, no podrían extraer nada más que informes contradictorios que les confundirían.

El señor X estaba consternado. Su acto, finalmente, sería violento, aunque su propia acción no lo fuera. Atentados a lo largo y ancho de la ciudad se llevarían por delante decenas de víctimas, que fueran inocentes o no poco importaba. Tampoco lo eran los revolucionarios. Pero peor fue cuando se percató de que, aquellos que le acompañaban, también iban armados.

– Por si acaso – le dijo uno para tranquilizarle.

 

Las arterias del cuello le latían con fuerza y le hacían sudar. Habían llegado ya, sin ser molestados, a la fachada posterior de la cadena de televisión, desde donde, ocultos en un seto, podían ver la entrada que les dirigiría hacia la sala de retransmisiones. Sólo tenían que esperar a que las patrullas se alejaran de ella y, entonces, podrían introducirse rápidamente.

– 22 años de dictadura están a punto de llegar a su fin – murmuró, como orando, el señor X, sin que nadie pudiera escucharle. En pocos segundos la patrulla se retiraría de su camino y podrían entrar sin problemas.

Dio la orden y, sin preocuparse por si sus compañeros le seguían, salió corriendo. Oyó un disparo a sus espaldas y se sobrecogió, pero la bala no iba contra él. Se giró. Desde el matorral donde sus compañeros se camuflaban los proyectiles silbaban, buscando a sus víctimas entre los miembros de las patrullas que les habían dado la espalda. El mundo le cayó a sus pies, como un plomo.

Era imposible que los policías se hubieran percatado de su presencia, la primera bala tuvo que haber salido del arma de alguno de sus camaradas. Pronto respondieron fuego con fuego y el señor X se vio envuelto en un tiroteo que no tardó en resolverse a favor de las fuerzas de seguridad del Estado. No quedó ninguno en pie salvo él, que, alejado del combate, no fue considerado como un objetivo. Uno de sus compañeros se arrastró, desangrándose, hasta sus pies.

– Señor X – balbució mientras la sangre manaba de cada uno de los nuevos poros abiertos en su cuerpo.- Por fin soy feliz. Sé que iré al cielo.

El señor X estaba pálido. Su compañero estaba muriéndose a sus pies, pero no era eso lo que le conmovía.

– Ellos son los malos, ¿verdad, señor X? – afirmó, ufano, el moribundo que, diciendo esto y aferrándose con sus dedos al pantalón del señor X, expiró.

El señor X se encendió un cigarrillo y lo dejó entre sus labios sin retirarlo, dándole fuertes caladas para acabarlo cuanto antes.

Cuando la policía le rodeó levantó las manos sin retirar la colilla. Y todos la vieron. Era obvio, para todos, que llevaba tiempo fumando, quizá desde antes del tiroteo.

– ¿Qué le ha dicho este asesino?- una agresiva voz a su espalda le hizo girarse. El uniforme del policía del que procedía la voz era ligeramente diferente al de los demás.

– Balbució algo ininteligible, señor – contestó el señor X con tranquilidad y sus ojos exorbitados dieron credibilidad a sus palabras- Supongo que querría que le socorriera.

– ¿Qué hace usted aquí? – le gritó el sargento de la escuadra.

– Trabajo aquí – explicó – Estaba fumando un cigarrillo en un descanso.

Le llevó un tiempo demostrar que estaba en nómina de la cadena de televisión, pero una vez que lo consiguió los policías se disculparon y le tomaron los datos para no llamarle nunca.

El señor X no volvió a contactar con la resistencia, o con la revolución, o con los grupos de liberación o con quien quiera que fuese, dejando que le creyeran muerto, como a todos los de su escuadrón. Rehizo su vida y siguió en el mismo puesto de trabajo de siempre.

Y allí fue donde contacté con él. Me estaban haciendo una entrevista en Única y en un receso del programa pregunté dónde podía fumarme un cigarro. Me dijeron que saliera por una puerta que me llevó a la fachada posterior del edificio. Estaba lleno de colillas.

Allí le encontré. Se me acercó y me contó su historia. Me dijo que él no tenía posibilidad de publicarla, pero yo sí.

– ¿Y sabes lo más terrible? – preguntó sin esperar mi respuesta.- No querían acabar con el Gobierno, preferían seguir siendo eternamente los buenos.

 

 

FIN

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