Aflojó la presa y el cráneo astillado resbaló entre sus dedos para hacerse añicos contra el suelo. Sus manos, ensangrentadas, le delataban, así que buscó la forma de ocultar las pruebas.

Tratar de enterrar a su hermano en el duro suelo era una tarea exagerada para la que no tenía tiempo, así que el hoyo que excavó fue para la quijada. Con el fin de borrar la sangre de sus manos mezclándola con el polvo, lo realizó con las manos desnudas, pues no había río ni charca donde meterlas para que se disolviera.

Acabado el agujero, aterrado se dio cuenta de que seguían manchadas como el primer momento, ni siquiera había coagulado. Como las prisas no son buenas consejeras la mandíbula quedo medio descubierta cuando salió corriendo, dejando un reguero de sangre tras él.

Acarició la cabeza del cordero. Era blanca y pura, pues aún no tenía ni dos días. La madre miraba al pastor recelosa, pero desde la distancia porque su instinto maternal no llegaba a compensar su miedo. El pastor se sentó sobre una roca y sacó un pequeño flautín de su zurrón, dispuesto para tocar.

– ¡Hermano! – gritó el labrador desde un soleado erial, situado colina abajo- ¡Ven a ayudarme con esto! – prosiguió señalando una bala de trigo que arrastraba tirando con ambas manos.

– ¿No puedes tú solo, hermano? – inquirió con sorna el pastor desde su posición elevada.

– Me he hecho daño en el hombro – contestó mientras se acariciaba el brazo derecho con la mano siniestra.- Diría que me lo he dislocado.

– Bajaría a echarte una mano, pero no tengo con quién dejar mis cabras – se disculpó el pastor. Después retomó lo que iba a hacer antes de que le interrumpieran y entonó una hermosa melodía.

Varios metros por debajo de él, penosamente se hincaba de rodillas mientras se desesperaba por el cansancio el labrador, tirando del fajo de espigas.

Al fin se apiadó el pastor del agricultor y, aunque no descendió desde su privilegiada posición, le lanzó un consejo:

– ¿Por qué no haces dos viajes? Sería mucho más sencillo.

El labrador se secó el sudor con el antebrazo y levantó su mirada, entrecerrando los ojos por la luz del Sol, y se tomó un respiro mientras recuperaba la vista y el resuello. La figura de su hermano se distorsionaba por el calor, así que finalmente dirigió sus ojos hacia la bala de trigo.

– Esto es lo que llevo para el sacrificio, es la décima parte de lo que ha dado el campo. No tengo tiempo para dos viajes, si no, no estará todo allí cuando llegue el momento.

– ¡El sacrificio! – se sobresaltó el pastor.- Lo había olvidado por completo.

Miró su rebaño y escogió a la pobre cría que antes había estado acariciando. Luego se dirigió a su hermano:

– Bajaría a ayudarte, pero tengo que preparar mi altar…- se quedó pensativo un instante y luego sugirió.- Podrías llevar menos esta vez y sacrificar el resto mañana. El Señor lo comprenderá.

Después marchó en dirección al altar, llevándose al cordero con él, ante la atenta y sumisa mirada de la madre.

El labrador, después de muchos intentos vanos por arrastrar el fajo entero se rindió. Dividiólo por la mitad, tomando una de las partes, y rodeó la otra con piedras, incinerándola allí mismo.

– Esto es mi sacrificio, Señor, para Ti.

Arrastró la otra mitad con cierta prisa, pues el sacrificio debía realizarse antes del anochecer y el Sol descendía ya rápidamente. Cuando arribó al altar, apenas se podía ver una delgada línea brillante en el horizonte.

– Justo a tiempo – suspiró el labrador, y colocó su fajo sobre el altar de piedra.

No quedaban restos de hollín, pues el día anterior se había pasado horas eliminando las cenizas de anteriores sacrificios. Todo estaba preparado, así que prendió fuego a su cosecha.

– Esto es mi sacrificio, Señor, para Ti.

Con la lumbre de la hoguera de su altar pudo ver el estado del sacrificio de su hermano. El cordero aún gorgoteaba y la sangre se derramaba desde su cuello hasta el suelo, dejando hilos rojos por todo el altar. Sus patas estaban atadas, las cuatro, por una cuerda a la altura de las pezuñas, y todavía se agitaban espasmódicamente. Se le revolvieron las tripas.

– Hermano- dijo una voz cantarina tras él.- Qué suerte que hayas llegado, pensé que habrías desistido.

El labrador se giró y vio la cara sonriente del pastor iluminada por su hoguera. Era alto y fuerte, más que él, y de barba más cerrada. Su ropa estaba limpia y menos desgastada que la suya y estaba confeccionada con mejor lana. Él peinaba ya algunas canas y el pastor, sin embargo, todavía estaba en plena juventud, aunque pronto habría que buscarle esposa. Él no había tenido tiempo.

El tiempo pasó y era ya noche cerrada cuando apartó la mirada del rostro, ahora muy serio, de su hermano. Le había interrumpido un silencio divino. El pastor habló.

– Señor, éstos han sido nuestros sacrificios. Te damos las gracias por habernos conferido bienes suficientes como para tener con qué hacerlos.

Una Luz se abrió camino entre las nubes del cielo, mucho más intensa que la claridad de la Luna, y se paseó por el campo frente a ellos antes de pasar como distraída por encima de ambos altares.

– Ahora nos dirá qué sacrificio le ha dejado más satisfecho.

El labrador miró por el rabillo del ojo a su hermano, que había vuelto a sonreír al ver como la Luz se centraba de forma casi exclusiva en el cabrito degollado. Estuvo unos segundo más y después se extendió por todos los alrededores, aunque haciéndose más tenue. Ya estaba amaneciendo.

– Ha elegido el mío – afirmó el pastor sin ninguna duda.

– ¿Por qué? – preguntó entre susurros, irritado, el labrador. Después cayó de rodillas al suelo y las piedrecillas se le clavaron haciéndole sangrar.- ¿Por qué no el mío?.

– No ha sido bastante para Él. No te has esforzado lo suficiente.

El labrador se hartó y gritó fuertemente:

– ¡He sudado todo el año para quemar un décimo de mi cosecha! ¿Qué no es suficiente?¿Qué quiere? – y rompió a llorar, rojo de ira.

– Al señor o le interesa tu sudor, hermano – contestó muy calmado el pastor.- Los sacrificios han de ser de sangre.

– ¿Dónde está tu hermano? – preguntó su padre.

– No lo sé – mintió el labrador.

– No ha aparecido, nadie cuida el rebaño desde ayer – se paró un segundo a observarle.- ¿Y la sangre de tus manos?.

– Es de mis rodillas, padre, no cesan de sangrar – volvió a mentir.

El padre siguió el rastro de sangre desde donde su hijo se encontraba, y tras muchas horas de desandar lo andado llegaron a la colina de los altares, el hijo siguiendo al padre.

Sobre el altar, desbordado de sangre reseca del pastor, se encontraban los restos a medio descomponer del cordero. Sobre el del labrador no quería mirar. Un charco de sangre le empapaba los pies y su mirada se había posado en él. Apretando los puños y cerrando los ojos levantó la cabeza. Cuando volvió a abrirlos tuvo que apartar rápidamente la vista.

La espalda del pastor descansaba contra la roca, con los brazos y las piernas colgándole de forma antinatural desde el altar. La sangre le manaba a borbotones desde las sienes y el flujo no disminuía.

Miro al hijo vivo, después al muerto, luego de nuevo al vivo y trató de salir corriendo. Al dar el primer paso se enganchó el pie con un estorbo del camino y cayó de bruces contra el suelo. Como caída desde el cielo, yacía a medio enterrar la huesuda calavera de un burro, con restos de sangre fresca sobre su blanca superficie.

– Tranquilo, padre, no voy a hacerte nada.

Con los ojos fuera de las órbitas todavía, miró a su hijo:

– ¿Sabes qué castigo te impondrá el Señor?

– La muerte – respondió resignado el labrador.

– ¡No hay otro! – espetó el padre y luego añadió.- Pronto vendrá a juzgarte.

Y se hizo de noche y de nuevo la Luz se hizo entre las nubes, iluminando a los tres hombres sobre la colina de los altares. Sólo Silencio. El padre le defendió:

– No fue él, la culpa es mía. Yo maté a mi hijo.

Sólo Silencio.

-No es la sangre de su hermano la que mancha sus manos. Es de sus rodillas.

Sólo Silencio.

– Perdónale, Señor, su pecado es mío. Lo heredó de mi sangre.

Sólo silencio.

El padre, desesperado, se ofreció a sí mismo y se lanzó desde lo alto de la loma.

El labrador miró aterrado a su padre, que formaba una cruz sobre el suelo, tumbado sobre un charco de sangre. Involuntariamente, el primer pensamiento que le cruzó la cabeza fue que le iban a acusar de su muerte, así que salió corriendo. Nunca regresó.

En el suelo, el padre de ambos, recobro el conocimiento. Le dolía todo el cuerpo del brutal impacto, pero después de palpárselo entero y confirmar que no tenía ningún hueso roto ni ninguna herida grave, se dijo que, que hubiera sobrevivido, era voluntad del Señor. Era voluntad del Señor que hubiera salido bien parado. Eso sería que no deseaba su vida. Levantó la cabeza para ver a su hijo, pero el labrador ya no se encontraba allí. Sin embargo, sobre el altar, el pastor seguía rezumando sangre. Regueros de ésta bajaban hasta sus pies.
 

 

 

Fin

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