Otra forma de Pensar,  Hernando Cosí

Revista dominical de “El Diario”,

Madrid, a 17 de Marzo de 2008

¿Y qué es doparse?

            Hola, soy Joseph Roth. Hola, soy Rubén Darío. Hola, soy Charles Bukowsky. Somos alcohólicos, nuestra inspiración ha sido la bebida durante años y hemos dado a luz a una parte brillante de la literatura.

            Hola, soy Landis. Gané el Tour del 2006, la competición más importante del deporte individual, dopado.

            Los primeros son genios. El segundo un impostor. Y la Justicia una fulana que no sabe quién le paga. Me apostaría años y años de sueldo a que, sin dar nombres, sólo carácter y delito, ninguno de nosotros miraría a Floyd por encima del hombro, pues su “fechoría” fue aumentar su nivel de testosterona en sangre tan sólo unos pocos días. Sin embargo, condenaríamos al ostracismo, a vivir lejos de nosotros, a los tres genios, por alcohólicos y violentos borrachos.

            ¿Dónde está cada uno? Landis vive con la vergüenza de haber sido descubierto; los otros, aunque encerrados en sus cajas de madera, ascienden al podio de los grandes escritores. ¿Por qué se juzga de diferente manera a unos y a otros? Quizá tengan razón los que dicen que el alcohol no implementaba las capacidades de los tres artistas y que la testosterona disparaba las habilidades del ciclista, pero no desde mi punto de vista. El alejamiento de la realidad, la diarrea verbal y mental que nos provoca el alcohol nos acerca mucho a miles de monos en miles de máquinas de escribir, con la diferencia de que somos capaces de decidir qué palabras, de todas, encaja mejor en lo que queremos decir.

            No digo que Landis no sea culpable de doparse, pero es injusto acusarle, pues todos los deportistas tienen las mismas sustancias a su alcance y todos pueden utilizarlas. ¿Acaso si uno se pasa ocho horas al día en el gimnasio practicando no tiene ventaja sobre uno que sólo pasa dos? ¿No acabará destrozándose el cuerpo de igual manera? ¿No crea adicción el ejercicio físico? ¿No asume un riesgo físico y mental al igual que si se inyecta drogas en su cuerpo? ¿Acaso el resto de los escritores no han tenido acceso a la bebida? ¿No la han rechazado muchos de ellos y han podido escribir grandes novelas o poemas? ¿Por qué se valora de diferente manera a unos y a otros? ¿Hablamos sólo de drogas o es envidia? Yo sé, y asumo, que por mucha testosterona que me inyectara jamás sería capaz de ascender el Turmalet a cuarenta kilómetros por hora con la ayuda de sólo dos pedales y dos ruedas.

            La legalidad o no de ciertas acciones es un tema demagógico que no tenemos derecho a condenar y que debería ser exclusivamente propio de cada uno. El riesgo que asume quien se dopa, si tiene consciencia de él, es suficiente tara como para no tener que incidir más allá. A quienes debería condenarse es al equipo médico que había detrás, puesto que, tanto si se lo inyectaron sin su consentimiento arriesgando la salud del corredor (que no debe ser un caso infrecuente) como si lo hizo él por su cuenta y no se lo supieron detectar, y si lo hicieron deberían haberlo denunciado, estaban comportándose de manera negligente.

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