Otra forma de Pensar,  Hernando Cosí

Revista dominical de “El Diario”,

Madrid, a 9 de Marzo de 2008

El fin y los medios

 

Partimos de la falsedad de una premisa que, en un momento u otro, todos celebramos como necesaria: “el fin justifica los medios”. Sin embargo, nada más alejado de la realidad: los medios no importan (como parece indicar la primera frase), pero no porque sea el fin quien les quite relevancia. De hecho, suele ser el fin el que necesita justificarse.

Esto nos lleva a pronunciar una nueva frase, más ajustada con la realidad: las consecuencias validan los fines.

Aunque sólo con esto ya habría habido suficiente como para que mereciera la pena pararse a leer y a escribir el artículo, el número de palabras me obliga a seguir escribiendo y a traer a colación, en consecuencia, una serie de ejemplos que aclaren lo expuesto.

El primero de ellos, la Guerra civil española. Para hablar sobre ella con razón habría que informarse sobre qué la forzó. Es muy fácil cacarear, una vez tras otra, que unos u otros eran los malos (sin duda quien lea esto ya habrá decidido cuál es su bando) pero la crisis económica, la política de no intervención de los llamados Aliados, los veloces cambios sociales… formaban el marco apropiado para que los conservadores se alzaran.

Los medios que usaron: La guerra, de eso no hay ninguna duda. Los fines: dependiendo de quien sea quien hable serían o defender la Unidad y el Alma de España o recuperar unos poderes que estaban perdiendo sus promotores con la aparición de nuevas libertades. Las consecuencias:  durante años en España ha habido un consenso tácito, no se habla de la Guerra Civil, sucedió y punto. Así, los vencedores pudieron perpetuarse en el poder y dejar una semilla en el Estado con la esperanza de que regularmente volviese a fructificar.

Por suerte, se ha abierto de nuevo el frente, en la Guerra Civil la batalla por las consecuencias todavía no está decidida. Aún queda mucho camino por delante y hay tiempo para retroceder y tirar a la basura lo conseguido, pero estoy seguro de que hemos elegido la senda correcta.

Sin embargo, hay otras situaciones en las que la indeterminación de las consecuencias nos lleva (y nos traerá) por el camino de la amargura.

La Guerra de Irak es una de mis favoritos. El fin, o por lo menos uno de ellos, lo compartimos una amplia mayoría. Éste no es otro que acabar con la dictadura de un asesino. Los medios, como se ha ido demostrando a lo largo de estos años, no han sido justificados en absoluto (mentir para obtener el apoyo popular, nunca mejor dicho; saltarse a la torera las resoluciones de la ONU, a las que también habría que echar una ojeada de vez en cuando por otra parte…). No obstante, la gran refutación de estos hechos n reside, como vengo anunciando, en estos dos pilares, si no en un tercero que es el que los desencaja.

A los ojos de la Historia, nuestras acciones hubieran venido justificadas por un gran descenso en los precios del petróleo (que mejoraría nuestra economía a corto plazo y, en consecuencia, facilitaría el progreso de nuestros “avanzados” países y de nuestros aliados) y, sobre todo, por la implantación del mejor de los sistemas que conocemos, el democrático, con la promulgación de libertades que conlleva y el golpe asestado con ello al terrorismo.

Los fines se olvidan, así lo dice nuestra memoria, las consecuencias no. Siempre existe, tristemente, un pero. La mala planificación de esta guerra ha llevado a la democracia en el mundo a un equilibrio sobre la cuerda floja, enfrentándose entre sí sus principales valedores. El terrorismo no ha descendido (ni mucho menos), los precios del petróleo se disparan y ponen en jaque a los países en vías de desarrollo ( y a las personas en vías de desarrollo del primer mundo) y la utopía democrática de Irak salta día tras día en pedazos con cada hombre-bomba y con cada tortura.

Pero tranquilos, queda aún una solución (terrible eso sí) a este problema, pero creo que sería demasiado fácil, y alarmista por mi parte, que os la dejara aquí escrita. Sólo os apuntaré una idea: la Historia la escriben los vencedores.

Anuncios