Venga la multitud, agólpese a mi alrededor pero que guarde silencio…Les voy a contar una historia de aquellas que tanto gustaban en mi tierra…¡Oh, gloriosa! Permitidme que me acomode, no quiero parecer vulgar, pero a mis 22 años me siento tan viejo…Debe ser porque ha llegado:

 

El fin de la Inocencia.

 

 

Allá arriba las estrellas titilaban con suavidad. Sin embargo, todo el firmamento iluminado no llegaba a aportar luz suficiente como para romper la oscuridad de la tierra. Un hombre tendió sus brazos al cielo y clamaba, envuelto en pieles, porque todo volviera a su estado anterior, pero en su corazón sabía que era imposible. Desesperado se arrancó las pieles y cayó al suelo, cubierto solamente por un smokin blanco.

 

En aquella época, un hombre alto podía haber estirado sus dedos hacia arriba con la esperanza de rozar con ellos la punta de una estrella. Todos sabían que era imposible, siquiera desde lo alto de un árbol, pero la sensación de cercanía les daba la confianza para intentarlo. Esa sensación de cercanía, era un arma de doble filo, pues el mayor de sus miedos era que el cielo pudiera, de un momento a otro, desplomarse sobre sus cabezas.

 

Su oficio era el más prestigioso de entre los hombres. Otros se dedicaban a cazar o a recolectar vegetales, pero su cometido era muy diferente. A él le habían encargado proteger al hombre del cielo. Durante años había erigido piedras verticales que sirvieran de columnas de soporte en caso de que el cielo descendiera, fantasmagóricos edificios sin techo ni pared.

 

Un día, aun a pleno sol, se dio cuenta de que todo era diferente. Una sensación de vacío en su estómago, y en su cabeza, y en sus piernas… Cuando llegó la noche, se dio cuenta de que el cielo se había alejado y él estaba solo.

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