Era un superclase, de eso nadie tenía duda. No era un deportista extraordinario, pero cuando él participaba en cualquier juego, todos cuantos hubiera a su alrededor se contagiaban de su espíritu. Tampoco era el mejor estudiante; regular alto, como él se definía, pero sólo necesitaba apretar un poco el acelerador para codearse con los cerebritos. Ni si quiera era alto, rubio, guapo, ni tenía los ojos azules, verdes, gruses, no destacaba salvo porque había algo en lo que todos cuantos lo juzgaban coincidían: era un superclase.
"Para no desperdiciar su cerebro" se metió enuna carrera de Ciencias, pero no demasiado complicada: "invierto en felicidad", auqnue él siempre deseó dedicarse a algo más humano: "al final es lo que realmente imoprta". Así, cuando sus compañeros fueron especializándose y restringiéndose a sí mismos a un campo pequeño donde pudieran utilizar al máximo las técnicas y habilidades que habían adquirido durante sus estudios, él se fue dispersando.
"Si no te centras jamás llegarás a nada", le dijo una profesora, "y eso que tienes mucho potencial". Él no respondió, no era su estilo. Se quedó un día sopesando el consejo y, finalmente, concluyó que no merecía la pena: "el potencial que tengo depende de mi filosofía de vida; si me centro seré sólo una rata más de laboratorio".
Terminó la carrera y su expediente le situaba por encima de la media, pero no entre los puestos destacados. Allí donde echó su currículum siempre hubo otro que le quitaba el trabajo por unas decimillas, dejándole siempre a las puertas.
Pronto dejó de intentarlo, aburrido, esperando qeu la vida dier aun giro y se le pusiera de cara, por esa suerte que siempre le había caracterizado.
Un amigo de su madre, que dirigía un laboratorio, buscaba algún licenciado para completar su equipo. Él probó, jugando con la ventaja, y consiguió el puesto.
El trabajo no fue precisamente lo que había buscado, y de eso se dio cuenta iantes de comenzar. A las puertas del edificio donde se ocultaba el laboratorio se encontró con el que iba a ser uno de sus compañero, y entabló conversación. Tenía un expediente de matrícula pero, cuando la conversación alcanzó un punto en el que debía opinar, de su garganta surgió un balido.
-¿Perdona? – preguntó el nuevo.
– Beee – repitió.
– ¡Ah!, creía haber escuchado mal.
Al día siguiente, para vergüenza de su madre, presentó la dimisión. Aún sigue esperando un golpe de suerte.
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