– El problema del hombre con Dios es que Dios existe.

– ¿Cómo?

– Os tienen poco informados a los peones; yo he tenido acceso a mucha información. Hace 5.300 años, los ejércitos del infierno invadieron la Tierra para hacerse con su control. Dios, Creador de la Vida, movilizó cuanto tuvo a su alcance para contener la agresión hasta que su ejército angelical estuviera preparado para el combate. Durante la campaña, el Hombre fue el más destacado de todos sus elementos, conteniendo a las hordas demoníacas en la mayoría de los frentes donde se luchaba. Cuando los ángeles arribaron para terminar el trabajo, los hombres se sentaron a negociar su estado de esclavitud absoluta con Dios. Esto es lo que el Génesis denomina Árbol de la Ciencia.

Durante la negociación, hubo tres grupos de hombres: los que querían seguir siendo siervos absolutos de Dios, con el acceso al Paraíso garantizado, esto es Abraham y sus seguidores; el grupo negociador mayoritario, que pactó con Dios un libre albedrío parcial, aceptando que una estructura de la realidad divina se mantuviera en el cerebro humano aunque pudiera llegar a razonarse la inexistencia del Señor; y un tercer grupo, que consideraba este trato denigrante y rechazaba de plano la servidumbre, negándose a firmar el pacto. Contra estos últimos se alzó una Cruzada de exterminio que acabó con ellos casi por completo.

La semilla del ateísmo, no obstante, quedó prendida en muchos corazones y, actualmente, la mayoría de los descendientes del segundo grupo preferiría un nuevo pacto, con el que Dios quedaría excluido de la mente humana. Si se desencadena una nueva guerra, y la resurrección del demonio la haría inevitable, nadie duda de la victoria final de Dios, pero las pérdidas serían mucho mayores para Sus intereses que la simple muerte de millones de seres. La negociación sería inevitable.

– Pero el Señor podría no utilizar a los seres vivos para el combate, aunque luego la guerra se alargara…

– La victoria seguiría siendo suya, sí, pero tardaría mucho más tiempo, y la corrupción del demonio daría finalmente el mismo resultado: la separación del Cielo y de la Tierra.

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