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Pensaba, acaso, que era demasiado viejo para conocer el Amor. No para sentirlo, pues sabía que de eso cualquier corazón es capaz. Y miró a los ojos a la Parca, que se apareció frente a él nítida, premonitoria de una muerte que hace mucho le había sido anunciada, con su blanca sonrisa perpetua.

Su inmortalidad y eterna juventud a cambio de no conocer nunca el Sentimiento Supremo, eso había pactado en su adolescencia, conocedor de que le ahorraría más disgustos que alegrías y que, por añadidura, le concedería una vida ilimitada. No se privó de la atracción ni del sexo, pues en ello sólo jugaba su parte la carne, y su condición le permitía, además, disfrutar de todos los sabores y texturas, pues no tenía prisas ni miedos.

Ay, evitar el Amor, que sencillo sonaba para aquél que conociera su heraldo, pues el Amor siempre envía un emisario antes de presentarse y él lo sabía. Era sencillo descubrirlo. A veces, unos ojos idénticos a otros brillaban de diferente manera y de ellos huía. Otras veces una palabra de consuelo reverberaba dulcemente entre dos labios y sabía que debía correr. Nunca el Amor se presenta sin anuncio y sin darse bombo y él era conocedor de ello.

Pero envejecía, día tras día, a pesar de su inmortalidad y eso siempre le hacía sospechar que había algún fallo en su plan. Quizá no leyera bien el contrato que firmara, o algo no había salido bien. Y repasó en su cabeza cuantas relaciones había mantenido, y se dio cuenta de que le dejaban frío e indiferente. Estaba seguro de que nunca había sentido amor por ninguna de las mujeres con las que había compartido la cama, ni había llegado a enamorarse de aquellas que hubieran podido colmar su corazón (ya que de ellas huía). Y se paró a pensar. Y cayó en la cuenta. Reconocía siempre al heraldo del Amor, pero por qué no lo sabía. La respuesta de todo era obvia, concluyó. No se puede reconocer lo que no se hubiera conocido previamente. Y en aquel instante, o quizá de siempre, conoció el Amor.

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