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– Y entonces llegó el intranjero – dijo él con desprecio, dejando el botellín sobre la mesa para poder gesticular.

– Ya me dijo Chemita que era un tipo muy desagradable – respondió su interlocutor.

– Y tanto – confirmó –. Sin que le hubiéramos dicho nada allí se encontraba con su mirada reprobatoria, atengo a nuestra discusión. Y ni movía los ojos, atento como estaba.

– ¿De qué hablabais que le despertabais tanto interés?

– Pues un poco de todo: de cómo va el país, del terrorismo, de la inseguridad de las calles, de la inmigración…

– Salvando un poco España, ¿no? – intervino riéndose.

– Sí – contestó con sonrisa amarga –, como siempre…- y se quedó pensativo.

– Bueno, sí – volvió a irrumpir bruscamente en su pensamiento – ¿y qué es lo que pasó? Chemita no me contó…

– Al principio nada, pareció que se llevaba bien con éstos.

– ¿Con quiénes?

– Ya sabes, éstos: Chemita, Antonio, Brujo…

– Vamos, éstos.

– Sí – confirmó la redundancia.- Pues eso. Empezamos hablando del paro, de cómo crece, de que si la construcción esto, de que si la hostelería aquello…

– Lo normal, ¿no?

– Lo normal – respondió asintiendo y dándole un trago a su cerveza -. Y, nada, Chemita, que a su padre le echaron del trabajo para contratar un panchito que cobraba la mitad, pues fue y dijo lo que todos sabemos: que si la culpa la tiene el inmigrante, que sin papeles deberían echarlos a todos al mar, pero, claro – se detuvo un instante -, entre nosotros eso está muy bien, pero el tipo éste era morenito…

– ¿Estuvisteis con un negro? – preguntó con disgusto evidente.

– No, no… – corrigió rápidamente – No parecía de fuera, simplemente era de tez y de pelo oscuros.

– Ah – se tranquilizó inmediatamente.

– Pero, claro, no sabíamos si podía sentirse ofendido, yo que sé. A lo mejor su abuelo podía ser inmigrante, vamos, como el de Antonio.

– Ya, pero de cuando los inmigrantes venían a trabajar, con papeles…

– Por supuesto.

– Como cuando los españoles nos teníamos que ir a Alemania, Suiza…

– Ajá – afirmó distraído, tratando de volver al tema -. Y resultó que no, que su abuelo era tan “de aquí” como el que más: toda su familia está libre de entronques sospechosos desde Gerión, pasando por Argantonio, hasta la actualidad.

– ¿Quiénes son ésos?

– Reyes de Tartessos – y ante la mirada de confusión de su amigo, tuvo que completar su explicación -. Un reino que había en España antes de que vinieran los griegos los romanos – dijo, y su amigo se encogió de hombros.

– ¿Y?

– Pues nada, que él también creía que todo era culpa de los inmigrantes y de la impureza y todo eso, pero…- y se quedó un instante pensativo mientras iba frunciendo más y más su ceño.

– ¿Pero? – inquirió, intrigado por su amigo.

– ¡Pero para él nosotros también éramos sangre sucia! – exclamó muy irritado.

– ¡Qué gilipollas! – le acompañó por pura empatía – ¿Y eso?

– Porque mi apellido dice que viene de uno moro, porque el abuelo de Antonio vino de Cuba, porque Chemita es descendiente de visigodos.

– Buáh – desistió con un deje de la mano -. Si es que España fue tan grande porque supimos coger lo mejor de cada cultura.

– Claro – dijo y apuró de un trago lo que quedaba de cerveza. Dejó el dinero sobre la mesa y le dijo a su compañero, interrumpiendo momentáneamente el tema – ¿Nos vamos?

– Sí – y se levantaron.

– Bueno, pues eso mismo le dije yo y el imbécil se alejó de nosotros con una sonrisa en la boca.

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