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No hubo jamás época más gloriosa en reino alguno que la de los Reyes Hermanos de Cío. Bajo su mano, zurda o diestra según se prestara la situación, había sido alcanzado tal bienestar y poder que la vanagloria no era un pecado sino simple realismo.

Como decía su título compartido, los dos hermanos eran Rey. Eran mellizos y estaban tan unidos que, ante la tesitura de la herencia del reino de su padre, decidieron que ninguno de ellos sería rey en solitario en tanto el otro siguiera vivo. Y tanto se amaban que no fue necesario siquiera pensar en traiciones. Incluso, con el fin de evitar futuras confrontaciones, pues tanto amor habían recibido de sus padres que conocían el alcance de los lazos con los hijos, decidieron que no sería descendiente de ninguno de ellos el futuro príncipe heredero del reino, si no que sería sobrino suyo, hijo de una tercera hermana a la que también adoraban.

Enil, el mayor por minutos, era un joven sensual y voluptuoso, heredero de toda la fiereza y el valor guerrero de su padre, tan hábil con la espada y con la lanza como el más arrojado de sus soldados. Era inteligente, pero su creatividad se truncaba cuando traspasaba los límites de un campo de batalla.

Daenil, a su vez, era también apuesto y un buen guerrero, aunque sus hazañas en los torneos siempre quedaban empequeñecidas por las habilidades de su hermano. Sin embargo, era mucho más curioso y su interés por todo lo que le rodeaba le había hecho ser más sabio.

Ambos reconocían las cualidades del otro, de una forma sincera y sin maldad ni envidia, salvo de aquella sana que sólo conducía a la admiración. Por el bien de su reino decidieron la mejor forma de aprovechar sus atributos y diferencias, de común acuerdo y frustración.

Enil sería el general del reino, y traería con sus batallas la gloria y las riquezas, pues las fronteras de Cío eran tan ricas y sus países vecinos tan beligerantes que nunca faltaron en vida batallas y guerras a las que acudir. Daenil lo administraría, y conseguiría afianzar la riqueza del país despertando en los mercaderes extranjeros la necesidad de comerciar con ellos y generar, con ello, un desconocido estado de bienestar y seguridad en el reino.

Enil perdió un brazo en combate, en la más importante batalla de los primero años del gobierno compartido. Daenil, en su húmedo palacio, limitado su movimiento, terminó agarrotándose por el reuma y necesitando apoyarse en un bastón, aún siendo joven. Pero ambos siguieron cumpliendo con su cometido, con valía renovada, al frente de sus carteras.

Enil regresaba de los combates con sus ímpetus recargados y buscaba entre las damas un amor rápido y brusco que saciara rápidamente su sed. Muchas caían en sus brazos, y sin embargo no fue jamás realmente amado. Ni tan siquiera por su esposa, con la que realmente nunca pudo llegar a convivir. Las pausas nunca duraban más de una semana y su corazón se resquebrajaba al volver al frente, con sus instintos saciados pero con una nube negra en su ánimo.

Daenil era fiel a su mujer y con más calma trataba de corresponder todo el amor que le mostraba. Sólo notaba como un pedazo de su ser se desgarraba cuando las tropas que comandaba su hermano se alejaban de palacio, brillando bajo el Sol sus armaduras. Encerrado entre cuatro paredes sentía como poco a poco perdía la fuerza de sus dedos y apretaba el cetro real, empuñándolo como si fuera una espada al ver partir al último de sus guerreros.

El último año de la vida de ambos, tan unidos estaban que compartieron hasta su fin, llegó cuando el país vecino más poderoso reclamó las tierras limítrofes de Cío con su reino.

La humedad había hecho mella en Daenil, que moría poco a poco en la cama, por una pulmonía que nunca acababa de curarse. Ambos hermanos se despidieron, pensando que quizá no volvieran a verse tras la batalla si la enfermedad del menor no se curaba.

En su último día, en el campo de batalla Enil perdía su primer combate y su ejército sucumbía envuelto por una miríada de mercenarios mal pertrechados. Rodeado, fue derribado de su caballo y acuchillado, sin que su brazo sano sirviera para protegerlo.

Mientras la vida se le escurría por sus heridas suspiró:

– ¿Cuántos abrazos de amor me habré perdido?

Y, postrado en su cama, entre toses sanguinolentas, su hermano gimió:

– ¿Cuántas batallas habría ganado?

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