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Muchos se habían quejado de mi sequía productora que ha ocupado mis dos últimos años, descontando algún momento tormentoso de granizo incontrolado. Es verdad que esta crisis del ambiente (del escriba, del escribidor, del escritor…) me ha afectado, pero tampoco se han atendido las circunstancias que la han rodeado. Mis fuentes de inspiración (más allá de las clásicas melancolías o exhuberancias) han ido eliminándose o desapareciendo.

Primero, “el País” eliminó a sus mejores pensadores Bill Watterson y Jerry Scott en un gesto terrible, que a mi parecer no fue valorado en la medida necesaria. Al acabar con “Mi País”, “el Pequeño País”…o como quiera que se llamara en sus últimas ediciones, acabó con la ilusión de los niños, que dejaron de esperar el periódico con entusiasmo, deseosos de empaparse en su lectura.

Posteriormente, aunque de esto en parte no tiene la culpa el periódico, sus columnista fueron muriendo poco a poco. No literalmente, pero dejaron de aportar lo que antes hacían. Juan Cueto dejó de escribir para el país semanal y fue sustituido por un chiste sin gracia ni interés. Javier Marías dio otro pequeño paso más en su extremismo y cayó por el precipicio del vacío del absurdo. Quizá lo hubiera dado antes (muy probablemente), pero aún era un aportador digno de ideas en temas que yo desconocía. Sin embargo, cuando le vi escribir sobre la tauromaquia y cayó en todos los lugares comunes del defensor del “arte” me vi en la obligación de hacer huelga de por vida. No tanto porque posea una opinión contraria (antes la teníamos en otros muchos temas) si no porque me di cuenta de que lo que antes consideraba que eran razonamientos suyos en otros muchos casos podían haber sido igualmente ideas idiotas robadas a idiotas. Y si hay algo peor que un idiota es el que le copia. Y en este punto acabé con mi último anclaje con los escritores que creía merecían la pena, pues a las dos semanas, Javier Cercas copió palabra por palabra (metafóricamente hablando, por supuesto) el artículo de Marías. Y me dolió más esta pérdida que las anteriores.

El resto de articulistas (muchos de ellos muy buenos, pero secundarios desde mi punto de lectura) no fueron suficientes y abandoné definitivamente esa lectura.

Y, cuando creí que no podía llegar más bajo en mi caída, Hernando Cosí decidió tomarse un par de años sabáticos, en los que perdí cualquier inspiración que me había aportado hasta el momento. Pero nos mantuvimos en contacto vía correo electrónico e imaginaos mi sorpresa al recibir el otro día un enlace de su último artículo.

Así pues, sin más preámbulo, os lo dejo aquí colgado. Un abrazo, Hernando, de tu amigo:

Otra Forma de Pensar, Hernando Cosí                                 Revista dominical “el Diario”

Madrid, a 4 de Noviembre de 2010

Prometedoras derrotas

Preveo prometedoras derrotas en el horizonte. Palabras necias (las mías) acalladas por otras más elocuentes. Preveo silencios y asentimientos por mi parte, comprensión y arrepentimiento de y de las ideas. Preveo justicia, pero también miedo. Preveo un cambio absoluto en mi forma de ser.

¿A qué viene tanta palabrería barata?, os preguntaréis si habéis soportado el primer párrafo. No esperaréis para saberlo, la noticia es la siguiente: desde hoy he decidido adoptar una postura femenina en mis discusiones. ¿En qué puede modificar eso mi comportamiento? ¿Acaso son diferentes los hombres y las mujeres a la hora de un enfrentamiento dialéctico? Mucho es la respuesta a la primera pregunta; y sí, pero también en otras muchas cosas, sería la segunda contestación.

Cuando un hombre discute sus ideas lo hace desde una perspectiva inamovible. Él posee la razón y será capaz de llevar sus argumentos más allá de la lógica con tal de defender su idea principal (he conocido hasta tortillas que se hacen sin huevos). Una discusión (intercambio dialéctico de ideas diferentes) entre dos hombres sólo puede desembocar en una discusión (enfrentamiento verbal) excepto si las posturas son, desde el principio, muy cercanas (la discusión como refuerzo de la verdad que ya se conoce). En todos los casos, la idea defendida permanece estable, poco importa que los argumentos hayan ido modificándose conforme avanzaba la discusión (generalmente, al paso del más avezado). Puede que, a posteriori, se acepten las premisas del otro y después se defiendan en otra discusión pero, en el momento de la discusión original, lo más probable es que el hombre procurara no dar su brazo a torcer (¿quizá por debilidad o sometimiento?).

Sin embargo, y en esto admiro a las mujeres irremisiblemente, he visto a prácticamente la totalidad femenina reconocer una derrota cuando los argumentos del rival superaban ampliamente los suyos. En todo caso, las más incrédulas, darán un sí con dudas si no han sido completamente convencidas. Así, aceptan que carecen de razón con más frecuencia (¿apariencia de volubilidad?) pero al mismo tiempo mantienen una postura más digna, sin inútiles pataleos de ahorcado.

De esta diferencia proviene que muchas mujeres sigan aprendiendo casi toda su vida, aunque también que más hombres alcancen cotas de poder mayores al haberse ido imponiendo por el camino.

Para los que no aspiramos al escalafón más alto, la postura más aceptable, realista y digna, en este tema, es la femenina, y lo defenderé con todos los argumentos que sean necesarios hasta el final, le pese a quien le pese…

Parece que he perdido la perspectiva…

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