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Ella exhibe entre sus gestos

un abrazo mal curado,

ciertos besos sin espinas,

parpadeos sin heraldos;

pero guarda sus caricias

y alma, para otros labios.

Quizá describo mis sueños

cuando de sus besos hablo:

esperanza de un recuerdo

realidad de un desaucio.

A gritos escribo, incoherente:

¡Ojalá nunca te he amado!

Convertida en un flagelo onírico

en una Atila para mis campos,

se echa en falta cuando no está

y, cuando se anuncia: terror y llanto.

Aunque lo cierto es que sin su ausencia

no me siento tan malvado.

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