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Cuando le condenaron a subir aquella piedra continuamente, los dioses se complacieron pensando que su malicia no tenía límites. Sísifo pasaría la eternidad desesperado, haciendo rodar una pesada roca cuesta arriba, para descubrir, en la cima, que todo su trabajo había sido en vano. Inevitablemente, la roca se precipitaba al otro lado de la montaña. Pero no tuvieron en cuenta que cada día, un instante antes de alcanzar la cumbre, Sísifo tendría la esperanza de que aquella vez la roca se sostuviera. Y ese momento le valía para afrontar de nuevo la cuesta, con el corazón hinchado de orgullo.

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