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Si te preguntan de qué murió

diles que de un pragmatismo cráneo-encefálico,

que la realidad no es dura, es coherente,

y llevarle la contraria es un mal hábito.

– Gálata moribundo, ¿por qué luchas? –

pregunta el vencedor a su vencido -.

¿No viste que tu victoria era imposible?

¿Acaso valen más tus tierras que tus hijos?

La mirada, derrotada, reta al alba,

y sus huesos reposaban contra el suelo;

vivió toda su vida a ras de sueño

sin importarle no despertar por la mañana.

Sus dedos, como clavas de un arado,

hacen surcos para que prendan nuevas siembras

de uvas de la ira ¿para qué generación?

tras su muerte, su simiente ya no queda.

– Gálata moribundo ¿para qué mueres?

¿no previste mi sinfín de legionarios?

¿no contaste, por cada uno de tus celtas,

en mi ejército un centenar mediterráneo?

Y el moribundo gálata ni se rinde ni contesta,

las verdades del acero no arrebatan

ni su furia ni el furor de su mirada.

Que tal muerte, tan gloriosa, no es su fin si no su meta.

– Gálata moribundo, ni te resignas ni claudicas,

no abdicas ni del reino ni de tu espada.

Dejarás ruina para tus nietos por no rendirte

cuando la insumisión no te sirvió para nada.

Y mira a su vencedor romanizado,

ni siquiera de latinos es nacido,

y se ríe y se sostiene su intestino

seguro de su muerte y su dolor, dignificado.

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