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Era maestro del esgrima de conceptos

arma viva de la dialéctica;

cayó atrapado en sus propias redes

por su propia razón cataléptica.

Escupió su sangre

rodilla en tierra.

Se retiró con el rabo entre las piernas

donde antes nunca se le acabara el hambre.

Y advirtió, al fin,

que hay victorias imposibles.

Él, que nunca se retrajo,

que siempre bramó contra el que clama y llora,

entiende ahora la desesperanza

como argumentación disuasoria.

Y alza su cabeza

(recto el cuerpo, mustia el alma)

observador casual

de la futilidad humana.

Comprende, ay de sí,

la verdad irremisible.

Siempre erguido,

con el alma hipertrofiada

de sustentarse a sí alzada,

campeón de los vencidos.

Fingirá, por puro orgullo,

patalear desde la soga.

Aunque sea que lo recuerden

como era antes, y no ahora.

Arrancarse de raíz:

el camino imprescindible.

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