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Y que conste que lo ha escrito Hernando:

Ciencia y Perspectiva                                    Madrid, domingo 11 de Diciembre de 2011

Hernando Cosí

En el siglo XII, los místicos poseían la verdad irrebatible. De cualquier discusión, por poderosos que fueran tus argumentos, podías salir escaldado si no atendías a sus razones. De hecho, tal era su fuerza que, en sus últimos coleteos, crearon tribunales que juzgaban a aquellos que no se atenían a su forma de pensar. El peso de estos juicios perduró, incluso, más allá de la influencia del propio misticismo, en forma de Inquisición y, aún, hasta nuestros días, como demuestra el papado. Pero ésta no es la cuestión. Al realizar esta introducción pretendía mostrar lo importante que es comprender que, en otras épocas, el pensamiento más válido no era el objetivo, el científico, sino que podían coexistir los pensamientos más empíricos con otros más racionalistas y, aún así, preponderar aquellos que no se basaban en los sentidos.

Sin embargo, la perspectiva de que el conocimiento no se reduce tan solo a lo que es comprobable y falseable, sino que abarca un campo mucho mayor que va desde lo que sentimos a lo que creemos, de nuestra cabeza a nuestro corazón pasando por nuestro estómago, parece haberse perdido. Valoramos sólo lo palpable, lo tangible, y eso ha hecho que los valores humanitarios hayan ido perdiendo peso.

Tan sólo hay que pregunta a los padres sobre los estudios que desearían que cursasen sus hijos. Unos, desde una perspectiva pragmática, y otros desde la más absoluta convicción de superioridad, elegirán mayoritariamente una carrera de índole científica, técnica o una mezcla de ambas; otro amplio margen optará por una relacionada con el ámbito económico que, aunque no atañe directamente a lo que se está exponiendo sí da una idea de lo esperable. Los menos (si es que los hay) se decidirían por una carrera de humanidades, y, generalmente, más por razones de herencia intelectual que por convicción.

Indicativo es, por lo tanto, de una forma de ver la vida en la que lo importante son los hechos en sí y no el individuo que los percibe, comprende, asimila y vive. Lo triste de esto, además de la deshumanización de las personas, es que aunque en sí no es negativo, se ha perdido la consciencia sobre que los hechos siquiera son ajenos al intérprete y, por lo tanto, se está aspirando radicalmente a una utopía.

Mientras nos vamos extremando en esta posición, se pierden valores fundamentales y no somos conscientes de que la inercia normal nos indica que habrá, tan pronto como toquemos techo, una regresión a un humanismo exacerbado que de el contrapunto al cientifismo fanático.

Como amante de la objetividad moderada (era en origen un científico más), temo este momento; no por la recuperación de la persona como ente, si no por la pérdida de algunas calidades que sólo pueden percibirse desde este campo.

Así que propongo ¿qué tal si damos un paso hacia atrás y recuperamos la consideración y el respeto hacia nuestros hermanos, y no rivales, de conocimiento?

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