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El navío encalló sobre el bancal de arena del mar de la Obviedad. Era una nave de escaso calado, pero llevaba un cargamento repleto de sueños, promesas y recuerdos, y su línea de flotación se encontraba peligrosamente cerca de la borda del barco. Por suerte, las aguas del mar de la Obviedad son calmas y, hasta ese momento, con apuros pero sin riesgo real, había navegado el barco con su mercancía, sin ningún sobresalto ni imprevisto.

Pero aquel bancal no aparecía en las cartas de navegación y el capitán se encontraba frente a un terrible dilema. Su barco jamás había perdido mercancía, siempre alcanzó todos los puertos, con mayor o menor dificultad, sin haber desechado el menor objeto. No obstante, aquél era un momento para tomar decisiones rápidas. Si se quedaban más tiempo, los productos perecederos se echarían a perder. Las promesas y los sueños pronto no serían más que cenizas en el almacén, sin motivo ni sentido. Así que, al fin, dio la orden:

– ¡Marineros! – gritó desde el puente de mando.- Debemos deshacernos de todo aquello que no sea absolutamente imprescindible.

A favor de la lógica propia del mar de la Obviedad, los marineros fueron arrojando por la borda comida, ron, agua, al médico, su ropa y todos y cada uno de los objetos personales hasta permanecer desnudos en cubierta. Pero aquello no fue suficiente y la línea de flotación apenas varió unos milímetros.

Tuvieron que comenzar a deshacerse de la carga que transportaban. Como aquello contravenía el sentido de lo que se palpaba en aquellos lares, las órdenes tuvieron que ser claras, directas e incuestionables. El capitán sabía eso, y trató de aplicarlo, sin embargo no pudo evitarse el caminar caótico y errante de muchos marineros, que arrastraban los bultos y las cargas hasta cubierta, amontonándolos junto a la borda pero sin atreverse a arrojarlos.

– Deshaceos primero de los recuerdos – ordenó el capitán, pues sabía que componían la mayor parte de la carga e, individualmente, eran los lastres más pesados.

Eran necesarios dos marineros por fardo, un esfuerzo ímprobo, e infructífero, para tratar de arrojarlos por la borda. Sin haber conseguido, finalmente, deshacerse de ninguno, el capitán comprendió que la estrategia debía ser otra. Pero antes que él, un joven marinero, impetuoso y con iniciativa, había decidido arrojar por la borda una promesa.

– ¡Detente! – gritó el capitán, sobrecogido por el pánico.

El marinero quedó petrificado por el chillido del capitán y no reaccionaba, sosteniendo entre sus manos la promesa, justo al borde del barco.

El capitán puso su mano sobre la del marinero y le condujo mediante suaves gestos y dulces palabras a depositar de nuevo la promesa sobre a cubierta, a salvo. Después, le señaló el suelo y le explicó.

-¿Ves esta cadena? – dijo, tomando la sucesión de anillas metálicas que partían desde la promesa.

Fue recogiéndola poco a poco a poco hasta delatar el otro extremo.

– Como ves, llega hasta nuestros pies, está anclada a nosotros. Si la arrojas por la borda nos arrastrará con ella.

– ¿Entonces debemos desechar los sueños? – preguntó el marinero, seriamente confundido.

El capitán afirmó con la cabeza, pero incapaz de verbalizarlo.

– Pero… ¡Es nuestro cargamento más valioso! – exclamó el grumete, presa de la indignación.

– Lo sé – respondió el capitán, pensando que se arrepentiría en un futuro.- Pero es de lo único que podemos prescindir -. Después, con un deje de esperanza, añadió.- Ya haremos acopio de otro cargamento en cuanto lleguemos a un nuevo puerto.

Y, mientras los marineros iban arrojando los sueños por la borda, él tomó uno de ellos y lo guardó, consciente de que, sin él, navegarían sin rumbo.

Cuando todo el cargamento hubo sido desechado, el barco pudo reanudar su marcha. Y navegó, por el mar de la Obviedad, con la única carga de un sueño en su bodega.

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