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Todo comenzaba tan bien,

mi mano en tu mano,

sentados frente al atardecer

yo me fui enamorando.

La Luna nos hizo siete guiños de amor,

nos mostró su sonrisa velada entre dientes de nube

y, ¡tan pronto!, todo se nubló.

De repente mi mano en tu mano quemaba,

de repente.

Y, así, tan sorprendente, tan lúcido y tan previsor

aquel amor incipiente,

en una errada caricia, se quebró.

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