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Él era un tipo sencillo, pero profundo y sensible. Se había criado en una familia de clase baja, pero bien situada dentro del estatus de una pequeña aldea. Su mayor aspiración era muy humilde: formar una numerosa familia con la joven de la que estaba enamorado.

Era un hombre fornido, atractivo, un ídolo para muchos chicos del pueblo, y, por ello, todas las mozas del pueblo iban tras él. Pero, aunque muchas de ellas eran chicas hermosas, su amor tenía un único destinatario.

Ella, sin duda, era la más bella. Aficionada a la literatura, a primera vista era encantadora. Su caminar distraído, ignorando todo cuanto sucedía a su alrededor, le daba una apariencia de ingenuidad que era capaz de bajarle todas las barreras. Le despertaba una pasión que no era capaz de controlar y, arrastrado por ella, cometió alguna que otra barbaridad.

Durante mucho tiempo, anduvo detrás de ella, tratando de conseguir que ella le aceptara. Estaba fascinado por la inteligencia de ella; él aunque era inteligente, no había aprendido a leer con fluidez, ya que no era esencial para la vida en la aldea. Sus prioridades eran otras: aprender a cazar para poder mantener una familia, tener un físico potente para poder trabajar en el campo… Pero, quizá, por estas tendencias, limitó la posibilidad de que correspondieran su amor.

Ella, maliciosa y calculadora, arregló su vida con una estratagema. Tras buscar a un noble soltero de la zona, decidió casarse con él. El noble era un hombre muy poco atractivo y violento, y por ello había llegado a adulto sin encontrar una pareja. A ella, eso poco le importaba. Era una cazafortunas y sabía perfectamente qué teclas tocar para despertar los sentimientos de aquél.

Gastón, que así se llamaba el pueblerino, en un arranque desesperado de celos corrió al palacio del noble y trató de obtener el amor de su amada. El noble, ducho en el manejo del combate cuerpo a cuerpo, mejor alimentado y con un brillante pelaje rubio, acabó con la vida del joven. Después, accedió a casarse con Bella, que así se llamaba la chica.

Y fueron felices mientras la fortuna de éste disminuía a marchas forzadas. Después, quizá; ¿quién sabe?

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