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¡Qué coraje me da (¡Oh, paradoja!)

haberme decidido por la cobardía!

Yo, que acechaba en callejones oscuros

y, ahora, tengo miedo de día.

Que me burlaba entre versos de los indecisos

que me reía de los dientes que claquean

que no encontraba explicación coherente

a los marineros que duermen en cubierta.

Que fingía consolar los desamores

mientras, con mofa interna, justificaba los males,

que recolectaba las lágrimas de los rincones

y a carcajada limpia gritaba: ¡las usaré para llenar los mares!

¡Ay, qué coraje me da!

Ahora mis pies no caminan,

mi piel ya no siente,

mi cabeza me miente y mi corazón…

¿será verdad que antes latía?

Me he convertido en el objeto de mi sarcasmo,

bufón que se expone en cada poesía,

perro buscando el orden seco de una mano,

indigno siquiera de esta elegía.

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