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Impasible ante las órdenes, pero con la espada en la mano. De pie, los ojos fijos pero no inertes. Al contrario.

– Señor, allí donde se encuentra la torre la senda se corta abruptamente, o eso han comunicado los exploradores.

Por fin logra moverse y los dedos repiquetean sobre el puño a mano y media de su espada. Con la cabeza sobre el tocón d u n árbol, el reo espera el golpe definitivo.

– Nadie ha ordenado que paremos – contestó.

– Pero…si seguimos caminando, la dejaremos atrás.

Deja caer la espada a un lado y mira a su señor con una mirada compasiva y retadora a un tiempo. Los guardias, compañeros, lo arrestan en el sitio. Otro toma su lugar y procede con el reo.

– Es probable que, si salimos de ella, la senda no se modifique, pero son nuestras piernas quienes nos mueven y no el camino.

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