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De la Ética y la Política, Hernando Cosí

 

Los hombres necesitan de un gobierno, si no fuera así no se habrían dejado convencer desde tiempos inmemoriales de que habían de vivir bajo normas comunes, impuestas o decididas en acuerdo; y el gobierno necesita estar compuesto por hombres, pues no existe nadie capaz de gobernar a alguien si no lo conoce y ningún animal conoce mejor al hombre que el hombre.

Y, hasta aquí, llegan las coincidencias, los puntos en los que la gran mayoría debe estar de acuerdo. Más allá, todos tenemos nuestro punto de vista que creemos más adecuado para el sistema, para la tendencia que se ha de seguir dentro del mismo y para la forma de intervención que debe tener, si debe, el pueblo en su propio gobierno.

Obviando las divergencias, como el gobierno está compuesto por personas, podemos pensar que aquéllas tienen sus vicios y sus virtudes y cuanto más virtuosos sean tanto más adecuadamente llevarán a cabo su labor.

No obstante, no todas las virtudes, salvo las absolutas, tienen el mismo valor dependiendo de las circunstancias. Así, en un concurso de belleza no valdrá lo mismo ser bello que ser inteligente, aunque de ambas podrá extraerse algún valor y ventaja. De la misma manera, el gobernante debe poseer las virtudes propias para el liderazgo y la planificación estratégica. Y, aún así, dentro de los gobernantes capaces, con suficiente liderazgo y capacidad de planificación, pueden comprenderse dos enfoques: el político y el ético, o lo que es lo mismo: el buen gobernante y el gobernante bueno.

El buen gobernante es un estadista estadístico, que busca en los resultados unos números que se adecúen a sus objetivos; por ejemplo: un alto poder adquisitivo medio, alta productividad…; en el pleno convencimiento de que, con las circunstancias adecuadas, los paisanos serán capaces de desarrollarse plenamente. Sin embargo, el individuo en sí mismo no le importa, pues favoreciéndole su entorno, la responsabilidad de su felicidad recae sobre sus hombros.

Y, si las circunstancias son repartidas homogéneamente por el país, debería ser así, pero esto no siempre sucede.

En resumen, el buen gobernante está centrado en el adecuado desarrollo de la nación, lo que repercute en el bienestar del ciudadano medio, pero individuo en sí no le resulta importante.

Por el contrario, el gobernante bueno tiene su punto de mira centrado sobre el individuo. El principal de sus objetivos es la sociedad, y no el país, y busca, entre sus principales intereses, la felicidad del pueblo.

Tienen en cuenta en sus decisiones las circunstancias que rodean al individuo antes que las implicaciones que tendrán sobre el desarrollo del país. Sin embargo, el gobernante bueno es consciente de que todos sus logros sólo tienen sentido dentro de un país equilibrado y debe realizar el esfuerzo de mantener las estructuras internas de éste suficientemente saneadas como para que el individuo no pierda sus oportunidades de ser feliz.

Es, por lo tanto, más complicado ser un gobernante bueno que un buen gobernante y la justificación de su trabajo resulta más complicada porque las estadísticas lo apoyan en menor medida y, además, ambos casos pueden considerarse adecuados para el correcto desarrollo de una nación y no son, en absoluto, criticables.

El problema de un país reside cuando su sociedad alterna entre ambos y ninguno, es decir, entre un mal buen gobernante y un mal gobernante bueno.

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