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Del desamparo de tus besos

me salvó la poesía.

Otra vez, y tantas veces,

desde que nunca fuiste mía.

Sí, sin embargo, fuiste la voz que calla y que otorga,

que presta sangre tan fría

que, si no hiela el deseo,

al menos congela la vida.

Sí, sin embargo, fuiste las piernas que se alejaban,

la mano que ni se despide,

el gato que ronronea

que nunca da y siempre pide.

Sí, sin embargo, fuiste la saliva escarchada,

la timidez del cobarde,

el abrazo necesario

que, si se dio, se dio en balde.

Sí, sin embargo, fuiste el sueño intermitente

que ni se aleja ni apaga,

que amaneció cuando quiso

arrasando la esperanza.

Sí, sin embargo, fuiste el dolor de despedida,

compensación de mis errores,

el precio pagado por necio

para fingirme entre flores.

Y me aferro con mis dedos

a la dulce poesía.

Otra vez, ¡y tantas veces!,

desde que nunca fuiste mía.

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