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La pluma, que antes goteaba palabras soñando versos,

se frustra entre los dedos que la exprimen.

Rezuma las últimas gotas creativas que le quedan

y languidece abandonada en el tintero.

 

Se queja el autor del vacío que se crea

y no entiende el caparazón que se ha formado.

Cascarón de impropias frases apropiadas

fijadas en un rincón lejano en la memoria.

 

La magia que con su varita componía

vaga ya como recuerdo de un pasado muy lejano.

“Experiencia”, clama y cree él, desesperado;

polvo de estrella desde el cielo del frustrado.

 

En respuesta:

El papel de la cocina absorbe grasa ávidamente

y esto no le confiere un nivel más avanzado;

la hoja en blanco, ahora en manos tan torpes,

se llena sin pudor de garabatos.

Llamarlos versos es ofender la poesía;

juntar palabras, tan sólo, es oficio del escriba.

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