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Me topé con una hembra

que todo el tiempo recitaba

que no buscaba nada muy formal.

 

Por lo tanto, muy contento,

le oculté a los cuatro vientos

que era miembro de un dueto sexual.

 

Mas de pronto la encontraba

hasta en la fiesta tan privada

que dio un amigo mío por San Juan.

 

Cansado ya de ocultarme,

¡y de sentirme miserable!,

intenté como un valiente negociar.

 

Tras dos mil vicisitudes

y temas ya nada claros

me propuso, como antes, disfrutar.

 

Y dijo: “no pasa nada

porque no sepas  las tostadas

que me tomo cada día al despertar”.

 

Sin embargo, pasó el tiempo,

yo libertino hipercontento,

e hizo de ello una contienda personal.

 

Me propuso matrimonio

no supe evitar ni cómo:

Acabé sin libertad condicional.

 

Al cabo de pocos años

volvió a envenenar los dardos:

acertó todas las flechas ¡tiró a dar!

 

Se arrancó como las furias,

desgarrando trapos sucios.

Me dejó sin un billete que contar.

 

Y ahora ruedo por el mundo

huyendo de las mujeres

que se ocultan tras máscaras de cristal.

 

Me deshago en el arroyo

feliz como una marmota

asido a mi carrito de metal.

 

Por lo menos, si me buscan,

tendré historias que contarles

a mis hijos sobre una mujer fatal.

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