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Abro los ojos. Son las seis de la mañana y la neblina blanca y gris me envuelve. Sé que no es real, pues se entrevelan mis pestañas, es sólo que las imágenes captadas por mis conos y bastones atraviesan mi cerebro sin ser procesadas. De todo mi encéfalo, sólo está activo mi lóbulo cafeto-frontal derecho. Aún no se ha descrito fisionómicamente, pero de él depende mi condición a lo largo del día. Sólo él guarda cuidado de que todo funcione bien cuando el resto de mis neuronas están en estado de espera.

Es mi lóbulo cafeto-frontal derecho quien manda la orden a mis piernas para que se apoyen en el suelo y me levanten, abandonando el calentito refugio de mi cama. El único que tiene poder para hacerlo.

La pierna derecha, seguida de la izquierda, a veces incluso de ella misma en un doble paso descoordinado, me arrastra hasta el baño; la puerta está cerrada:

– Ya salgo – grita una voz estridente al otro lado.

Gruño una respuesta ininteligible. “Yo me hago cargo”, me transmite mi querido lóbulo cafeto-frontal derecho. Y cumpliendo con su palabra me lleva hasta la cocina.

Para mí, aún todo permanece nublado. Para él no. Desconozco si lo hace por automatismo o por otro estado de superconsciencia, pero a sus órdenes sé que todo está bajo control.

Gruño de nuevo y mascullo una pequeña maldición. Se me había olvidado que tiramos la cafetera italiana y la sustituimos por una americana de cristal. Para una cosa que saben hacer bien los italianos…

“Tranquilo, yo me encargo”, trata de relajarme mi lóbulo cafeto-frontal derecho y su tono es tan tranquilizador y seguro de sí mismo que lo consigue. Son exactamente tres cucharadas colmadas de café y media de regalo por cada vaso de agua. Todo está dispuesto con precisión, ya huelo el café y lo oigo borbotear.

– Ya está libre el baño – grita mi hermana, arrancándome de mi trance de felicidad cafetera.

“Hasta mañana”, dice mi lóbulo y se duerme al lavarme la cara con agua fría. Ahora ya soy consciente del mundo y no lo necesitaré hasta mañana. Mientras salgo del baño oigo cacharreo en la cocina. Mis oídos ya están activos. Y me alarman de la desgracia probable.

Corro hacia la cocina, aunque mis músculos aún están por desperezarse completamente. Y se confirma el desastre.

– Me he tomado el café que estaba hecho, pero no te preocupes: he preparado más.

Como si eso valiera.

El lóbulo cafeto-frontal derecho de mi hermana resultó claramente dañado al nacer, al caerse por una escalera o al ser disparada varias veces por un fusil a corta distancia. Frente a mi café de precisión, ella practica el café estocástico. Esto es: ante una cantidad aleatoria de agua, añade una cantidad aún más aleatoria de café, siendo el resultado completamente impredecible.

Me enfrento con valentía a la lotería matutina. Me armo de paciencia y espero mientras el café va llenando lentamente la jarra de cristal. Cuando ya va por la mitad, me pregunto cuántas tazas habrá preparado y me doy cuenta de que puedo ver los dibujos de los azulejos de la pared a través del cristal de la jarra y el supuesto café. “mierda”, farfulla mi lóbulo cafeto-frontal derecho en una terrible pesadilla que agita su sueño.

Aún falta tiempo para que termine de salir del todo, pues sólo parará cuando la jarra se llene prácticamente hasta el borde. Me quedo sentado, observando cómo el volumen de agua manchada aumenta.

Por fin, acaba. Echo leche en mi taza, algo menos de la mitad del volumen, y después vierto el líquido translúcido encima. Sigue blanca. Sigue blanca. Sigue blanca. Finalmente se tuesta un poco. Pero sólo un poco.

Doy el primer sorbo y hay una explosión de sabor en mi boca: leche, azúcar… ni rastro de café. Pienso que, quizá, haya hecho té, achicoria, menta-poleo… pero un vago olor a café sale de la jarra (aunque no de la taza).

Trato de beberlo sin pensar en el asco que me está dando, pero es imposible. Mi estómago protesta, en solidaridad con mi lóbulo cafeto-frontal. Además de malo, la espera por el café me ha hecho perder quince minutos. El tiempo se me agota para ir a la oficina y aún he de ducharme. Enciendo la luz y entro en el baño. Cierro la puerta. Me apagan la luz. Suena el pomo de la puerta. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Aporrean la puerta del baño:

– ¿Vas a tardar mucho?

– ¡Me voy a duchar! – contesto, y espero un par de segundos.- ¡La luz!

Y la enciende.

Durante el rato que estoy en la ducha sólo me molestan dos veces más. La primera:

– ¡El agua! – fregando platos.

Y la segunda, otra vez aporreando la puerta:

– ¿Sales ya? – a voz en grito.- Quiero ducharme, que he quedado para tomar un café.

“¡Y unas narices!”, chilla mi lóbulo cafeto-frontal derecho, repentinamente despierto: “ya te has tomado el verdadero café”. Y tan rápido como se había despejado vuelve a quedarse dormido. Yo, sin embargo, respondo con:

– Enseguida…- y lo cumplo.

Me pongo el traje para ir a la oficina. Salgo a la calle y me coloco el sombrero. Así evito que el Sol me dé en los ojos. Y que esa paloma acierte el proyectil a mi cabeza. Miro el lado bueno: si no hubiera llevado el sombrero, el impacto habría sido directo en mi pelo. Miro el lado malo: al quitarme el sombrero para inspeccionar lo que ha pasado me he pringado los dedos.

Saco un pañuelo y me limpio los dedos. Tiro el pañuelo. Tiro el sombrero. Desearía tirar los dedos.

Avanzo hacia la parada del tranvía que me deja en la puerta de la oficina. Pero el incidente de la paloma me ha hecho perder unos minutos valiosos y lo veo pasar mientras bajo la calle; imposible llegar corriendo.

Esperar al siguiente tranvía o ir caminando son las dos alternativas que valoro y, como las dos van a llevarme un tiempo similar, me decido por el paseo. Consecuente y coherentemente, comienza a llover.

Cuando llego a la oficina, allí se encuentra mi secretario.

Paso de largo sin saludar y me encierro en mi despacho. La mesa está vacía y echo en falta un sobre en el que el día anterior, entre risas y choteos, metimos una proposición de ley absurda unos amigos y yo. Llamo a gritos a mi secretario.

– ¡Rutger!

Y Rutger acude raudo.

– ¿Qué has hecho con el sobre que había en mi mesa? – pregunto.

– Lo he tirado, como usted me dijo que pensaba hacer – responde diligente.

– Muy bien, Rutger, pero he cambiado de opinión. ¿Puede recuperarlo?

– En un momento, señor.

Me coloco las manos en la sien y apoyo los codos sobre la mesa a la espera de que vuelva. Cierro los ojos intentando aliviar la presión que me oprime. Incluso mi lóbulo cafeto-frontal derecho podría errar a la hora de prepararme un café matutino ahora mismo. Y eso es precisamente lo que me falta, mi buen café matutino. Mi café perfecto, con tres cucharadas colmadas de café y media de regalo por cada vaso de agua; todas sus propiedades organolépticas: su densidad y aroma, su sabor y olor. Necesito la sensación de bienestar que me proporciona. Necesito dejarme acunar y arrullar por mi lóbulo cafeto-frontal derecho y su perfección de proporciones y cifras.

Rutger aparece justo cuando me estoy evadiendo en mis pensamientos y me vuelve de repente mi hermana y su café a la memoria, el acoso en la ducha y el baño, el regalo de la paloma, el tranvía, la lluvia… Así que abro el sobre con rabia y firmo todo, hasta la más absurda de las cláusulas.

– Entregue esto a mi consejo – le digo a mi secretario.

– Sí, Mein Führer – contesta él.

Sólo quería un café, y acabo de firmar la Solución Final.

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