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– Si soy un sueño, persígueme – dijo, o pensó, desde el quicio de la puerta.

Y después siguió pensando mientras se alejaba paso a paso de la cama. Primero abandonó el cuarto, luego cruzó el pasillo; más tarde, dejó la casa, a paso cansino, deseando que sus palabras hicieran reaccionar el cadáver sentimental que yacía desnuda sobre su cama. Finalmente, sus pies le llevaron a cruzar el umbral del bloque de pisos y llegar a la calle.

Sabía que la dejaba bañada en lágrimas, pero nada le hacía suponer que esta vez fueran sinceras.

– Y si soy una pesadilla tendrías que haber reaccionado mucho antes – pronunció, esta vez seguro de que el aserto había sido estrictamente interno.

Estuvo dando vueltas alrededor de la parada del autobús, preso de su estereotipia, lanzando miradas fugaces, pero casi constantes, hacia el camino recorrido. Gente vacía comenzaba a desdibujar las huellas dejadas con su violento caminar. Y nada más.

Sólo pasó el tiempo, hasta que el vehículo se detuvo frente a él. Y subió. Subió movido por un reflejo, incapaz de pensar si aquéllo era lo que deseaba. Y se sentó, tras picar su billete, en un asiento solitario.

– Si soy lo que quieres podrías luchar por mí – continuó, frunciendo su frente, tratando de retener su lengua dentro de su boca.

El autobús avanzaba, inexorable, alejándose del centro de la ciudad. Sus ojos miraban al frente, perdidos entre el bosque de edificios, hasta que éstos, poco a poco, fueron haciéndose menos densos y terminaron desapareciendo.

Hacía, verdaderamente, mucho frío en el descampado, al lado de aquella gasolinera de carretera, pero él no echaba en falta el calor del abrigo. Caminó, alejándose de aquel edificio singular para abandonarse aún más en el campo. Cuando estuvo seguro de estar solo, de que nadie le oiría, cuando las espigas asilvestradas rozaban sus muslos, se dejó caer, tomo aire, se reincorporó y gritó.

– ¿Por qué? Yo te amo.

Y obtuvo como respuesta el silencio. Estaba solo, rodeado de nada, consciente de la similitud de aquel paraje con la soledad de su mente. Consciente de que sólo se atrevía a hablar cuando existía la seguridad de ser él el único que se escuchaba. Reflexionó. Volvió sobre sus pasos. Dejó la gasolinera atrás y cruzó la carretera a la espera del autobús.

Poco a poco fue acercándose a la ciudad. Los edificios surgían sobre la línea del horizonte como las plantas crecen en los documentales acelerados. Pronto alrededor todo era de color gris urbano. Se bajó del autobús.

Su paso y su pulso se aceleraban mientras regresaba. Cruzó el portal. Subió las escaleras. Abrió la puerta. Recorrió el pasillo sin importarle las apariencias hasta llegar al quicio del umbral de su habitación. Y allí se detuvo.

La cama estaba hecha.

La casa, vacía.

Tarde.

 

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