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Cuando comencé a salir con ella no sabía que era una asesina. Es verdad que algo raro veía venir y que dentro de los ambientes en los que nos movíamos no resultaba absolutamente extraño. Pero no creí que llegara a tanto.

Cuando lo supe, le rogué mil veces que lo dejara, que dedicara sus habilidades a otros campos, a saber: incendiaria de bosques, recalificadora de suelos, a atracos y palizas… Pero no hubo manera. Por más que traté de convencerle de que aquello era incorrecto, su respuesta siempre era una sonrisa.

Cuando por fin me di por vencido, le pregunté su motivación. Para mis adentros recé que no fuera por dinero. Cobraba por ello, igual que yo cobraba por devastar campos y arruinar familias, pero ésa no tenía por qué ser la razón real. Esperé que tampoco fuera porque le gustara hacer el mal.

Cuando dio su respuesta, (“no es algo malo”), suspiré aliviado: Bendito maldito Kant.

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