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Quieto.

Mientras su espalda se desdibujaba en la neblina gris, casi pixelada, de un atardecer madrileño me quede quieto. No quieto como quien decide no moverse, estático y agarrotado, no. Quieto. No quieto como en estado de shock, como si mi cuerpo hubiera decidido no responder a mis órdenes, no. Quieto.

Permanecí quieto tras que desapareciera y aún más. Permanecí quieto por horas, días meses y años, en un proyecto de quietud permanente. Tan quieto como las hojas que caen de los árboles en un día sin viento. Tran quieto como el canto que rueda en el lecho del río. Completamente quieto, con el mundo discurriendo enderredor.

Y mi voluntad de estar quieto era, en mi corazón , permanente. Una esperanza de vuelta algún día, de permanecer en el sitio, sin moverme, sin modificar en modo alguno mis coordenadas para desubicarme. Por si algún día le da por volver sepa dónde encontrarme.

Pertenezco al sitio donde me dejó, donde permanezco quieto. Quieto en el mundo cambiante.

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