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Los incorruptibles noes se deslizan como gotas desde el cielo.

Nada detiene su cäida: ni el ingenio frío, ni la lengua aguda, ni el sudor ardiente.

Se acumulan en la suela de las botas, volviéndose trampas de cemento.

La razón de permanencia se dibuja tan simple que no admite trazo alguno que no sea recto.

El horizonte es esa línea que se acerca mientras poco a poco te vas quedando ciego.

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