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El futuro ya ha calado hasta los huesos cuando al fin me responde.

Parece serena;

el rostro cansado, el rictus severo

pero los ojos, aturdidos, brillan como si fuera la última noche que nos viéramos.

 

Ambos somos conscientes:

lo que siente no es dolor sino rabia;

una rabia intensa contra el sólido presente,

contra aquello que tan bien calcula y controla,

que de pronto se hace líquido y se le escapa entre los dedos.

 

Si no fuera aún más contraproducente

se dejaría arrebolar por los celos,

dejaría que la ira le fluyera libremente,

que condensara en su labios

su saliva como dardo,

que convirtiera en garras sus uñas de manicura francesa.

 

Pero prefiere el fingimiento y, aun jodida,

se permite jugar el as de copas

y mostrar desinterés embrutecido por los años;

y dispara:

– Yo, ya, tampoco te quiero.

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