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El guardián alienado

 

Era del pueblo, pero el pueblo no le amaba. Sólo le amaba, si puede decirse de esa manera, su rey. Le amaba porque le protegía a él y a la monarquía del pueblo. Pero el guardián era parte del pueblo frente al cual tenía que proteger a gobierno y gobernante.

No era, sin embargo, ciudadano completo, pues le habían robado sus derechos para que cumpliera mejor su deber. Así, no sólo debía proteger al gobierno y al gobernante del pueblo, al que él pertenecía en primera instancia, sino que además era envidioso del derecho que gozaba el resto del mismo.

– Tranquilo, guardián – dijo el rey.- Tú estás aquí para dar estabilidad al reino y lo haces de acuerdo con tu deber.

Y bajo el lema “deber”, un miembro del pueblo luchaba contra el pueblo por envidia hacia el pueblo. Y, convencido del deber, el guardián no alzaba los ojos hacia el gobernante.

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