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Ontología Poética

O de la tautología

 

Cuando comienzas poesía

aparece rima fácil

y todo verso que nace

parece, en verdad, tan grácil.

 

Y para alcanzarla hacemos

gala de todo recurso.

A veces parece imposible

la base de nuestro discurso.

 

Luego descubres que la rima

es un recurso más del tempo

¡que puede ser rápido!

o lento

que modifica al lector

que es quien regula los textos.

 

Y juegas con versos largos

y cortos.

Con narraciones completas

y aforismos inconexos.

De tanto jugar percibes ¡dios tuyo!

que es innecesario el tempo.

Y que lo único que es poesía

es consecución de versos.

 

Llegas a ver la poesía como colección de instantes estéticos,

como razón en sí misma,

como discurso vital

y gimes contra el yo infantil que trataba de rimar versos

(y de buscarlos sentido).

 

Piensas, entonces, que la belleza del verso no es más que una de tantas expresiones de lo estético.

Quiebras el ritmo, la rima, el verso, dejas de buscar lo bello y, por fin, hasta abandonas el impacto.

Quedáis, para la poesía, escritor, lector, mensaje y texto.

 

Y el vacío.

 

Y entonces, y sólo entonces,

vuelves a buscar lo estético

y con la perfección estilística

te acercas de nuevo a lo bello

y con ritmo cadencioso

lo vas componiendo versos…

¡Que hasta riman!

Y has vuelto de nuevo al comienzo.

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