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¡Qué fácil sería aceptarse racional desde lo sensible! (parece, incluso, un camino lógico) y sólo exige valentía mantenerse entre ambos mundos y no renegar de lo pasado (y convertirlo en otra mitad del presente).

Pero el paso desde el camino del sí y el no al bueno-quizá-tal vez, aceptando el blanco como blanco sólo en aquellos casos en que el negro sea obvio, no resulta tan sencillo: va contra la lógica de “lo que es, es, y no puede no ser y lo que no es, no es”… Por supuesto, en abandonar esa lógica reside el primero de los problemas (y el único y fundamental).

Porque si todo lo bueno tiene algo malo, y viceversa, no resulta tan fácil acertar y no concedemos, pues, a la razón la facultad única del discernimiento. Sopesar el peso de lo bueno y de lo malo, dentro de lo que no es bueno o malo sino bueno y malo, es valorar. Cada opción que aceptemos será un compromiso que tomemos con la verdad, pero la verdad habrá dejado de ser algo objetivo y observable externamente. Seremos parte con esa verdad que decidamos.

Y este compromiso vital, además, no anula los hechos, que siguen estando presentes y siguen siendo inapelables. Y abordar estos hechos desde la perspectiva del sujeto impedirá la comunicación con la masa, con la que tenemos el compromiso de la comunicación. Por ello, nuestra decisión al aceptarnos dobles es, al menos, doble también. Y ya veremos que no sólo.

Dos visiones, la propia (o subjetiva) y la de compromiso (o con un intento objetivo o de comunicación, que no tienen por qué ser compatibles entre sí. Pero se puede ir, incluso un paso más allá y reconocer en la razón de compromiso algo de nosotros mismos: nuestra propia razón del “sí y el no”. Formamos parte del pacto de comunicación porque reconocemos en el sí y el no algo de cierto (o la certeza completa si no tomamos la decisión de ser sujetos que viven su verdad) y este “sí y no” se contrapone con lo que sentimos al ver la realidad.

El lenguaje binario, computacional, incuestionable… se contrapone con nuestro cuento de matices, con la historia vital que nos compone y da forma al mundo que nos vive.

Más allá… ¿cómo comunicar lo vivido en la intersección yo-mundo al mundo para que comprenda el yo? ¿cómo entender qué sucede en la mente del otro y comprender lo que le comunicamos si no aceptamos que lo objetivo y de compromiso guarda una relación íntima con aquello que somos? Porque yo no lo acepto, pero creo que podemos comunicarnos.

Creo en lo objetivo y lo acepto, pero lo acepto subjetivizado y es esa subjetivación la que me es imposible comunicar objetivamente. Entramos en el bucle que nos llevaría a ser jamás comprendidos y, en ello, existe una tercera decisión: no podremos ser comprendidos en tanto que somos sujetos.

No obstante, esto no es del todo cierto ¡ay de mí, que me estoy introduciendo en un campo que no puedo explicar desde lo objetivo! Apelo a vuestros sentimientos (y a que no me dejéis caer) porque esta es mi última arma y la esgrimo aun a riesgo de que quiebre: para comunicarnos con el otro usaremos lo objetivo (el compromiso, el contrato) pero para ser comprendidos en esencia deberemos acudir a la poesía.

Hombre (racional) y poeta (sujeto). Y no digo que sea la única opción verdadera, pero es mi verdad. Quien tenga oídos que escuche.

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