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Cuando me dijiste que te conformabas conmigo, y que por eso me querías, te dejé. Ratifiqué mi decisión al ver tu cara completamente anodina, inexpresiva, seca. Recuerdo que lloré a mares. Tú permaneciste hierático.
No volví a saber nada de ti hasta treinta años después, y fue a través de una amiga común. Me dijo que habías muerto y, por cortesía, le pregunté que de qué. De ti, me contestó. Y me explicó, cuando vio mi expresión, lo que no había comprendido.
Cuando me dijiste que conmigo te conformabas no significaba que te bastara como mujer, que fuera suficiente, sino lo contrario. Que excedía lo que tu considerabas la parte que una mujer debiera ocupar en tu vida y rebasaba el continente, desbordándome en el resto de parcelas. Que conmigo no necesitabas un buen trabajo para ser feliz, ni una buena casa, buena salud, realizarte a otros niveles. Conmigo eras completo, tomabas tu verdadera forma. Te conformabas.
– ¿Y por qué no mostró ningún sentimiento cuando le dejé?
-¿Qué sentimiento habría expresado suficientemente tu pérdida? Cuando consiguió asimilar que no había vuelta atrás, murió.
– ¿De pena?
– De mucho más.
Me he dado cuenta de que ahora sólo me conformo contigo. Y trato de comprender lo que he perdido.

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