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No esperéis encontrar una idea original, un planteamiento nuevo, moderno. La intención que poseo (o que pretendo) no pasa de poner de manifiesto las razones que me han llevado a actuar como he actuado. Y quien me conoce sabe que el intento de originalidad no rige mis acciones (no las sociales, al menos). Sin más preámbulos:

¿Por qué me despido? Ante la respuesta simple y sencilla de “me han cambiado el horario” pueden plantearse infinitas objeciones:

– el contrato especifica que puede ser modificado el horario en función de los requerimientos de la empresa.

– sólo ha variado una hora e, incluso, personalmente puede beneficiarte.

– necesitas el dinero para tus compromisos y gastos personales.

Y, así, otras infinitas apelaciones legales y pragmáticas. Entonces, volvamos a la pregunta de partida: ¿por qué me despido?

Es obvio que no es por ninguna de las razones objetables del párrafo anterior. Tampoco me remito a los derechos por los que se ha luchado durante el siglo XX, derechos laborales que se están perdiendo y de los cuáles soy también en parte responsable. No hablaré aquí de que el derecho es inalienable y estático, algo fijo y estable, ya que somos miembros del pacto que los fundamenta y hemos firmado carecer de ellos.

No hablaré del derecho, no, pero sí de uno de los principios que dieron base a esos derechos y que son universales y propios de los hombres.

Definitivamente, retomo la pregunta inicial para darle respuesta: ¿por qué me despido? Por dignidad. Pero no por la dignidad en el sentido común con que se utiliza. No por la dignidad que puede ser usada incluso de forma peyorativa. No, por la dignidad en su sentido primordial.

Aclararé qué recoge esta palabra tras de sí y serán vuestas las conclusiones finales. Haced vuestras inferencias, planteaos las decisiones y pensad si es congruente o no lo que se piensa con lo que se hace.

La dignidad significa que las personas son el origen y el fin de nuestras acciones, y que no deben ser mediatizadas, sino que deben ser ser el motivo del uso, su finalidad, y no el medio por el que conseguir otras acciones.

Dignidad significa que somos autónomos en nuestra forma de pensar y que tenemos la obligación de respetar (para ser respetados, si queréis) esa forma de libertad que es el pensamiento y que es lo que decide nuestras acciones.

Porque respetar significa tratar al otro por lo que se merece y el otro nunca merece ser tratado como menos que una persona.

Si tratamos al otro como persona al hablar de su dignidad, resulta obvio que no podemos situar una esfera, invocando lo legal (porque así está estipulado) o lo jurisprudencial (así se viene haciendo), que pueda anteponerse a la persona.

La persona es el objeto primordial que no puede ser alienado. Es digna porque piensa, y como pensante debe tenérsele respeto valorando su pensamiento. Ignorar el uso de la razón del otro, convertirlo en instrumento de tus fines sin valorarle, es degradarle y compararlo a una herramienta.

Si me preguntas por qué me despido responderé que por motivos personales. Pero, quizá, la pregunta debería ser reflexiva: ¿por qué no lo haces tú?

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