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Generación Paulo Coelho, Hernando Cosí

Antes de comenzar a escribir este artículo me retracto y pido disculpas, sobre todo en lo que respecta al título. Porque la generación de la que hablo, además, ni siquiera es la suya sino la mía y quizá le ajustaran más otras consignas como “generación de la filosofía coca-cola” o del eslogan vacío.

No obstante, creo que la elección es acertada en tanto que facilita la comprensión del contenido del ensayo y, más allá, porque me gusta cómo suena (y quienes me hayan oído sabrán que me gusta mucho).

Vivimos una época en que todo el mundo lee y, sin embargo, encontramos incultura en todas partes. Y es que leer no sirve de nada si lo que se lee no ayuda a reflexionar (o, al menos, a corregir la ortografía). La gente lee en internet y, entre otras noticias, la siguiente:

“Leemos, como mucho, textos de seiscientas palabras. Después perdemos la concentración”. Seiscientas. ¡Seiscientas! Eso es una página de Word. Más precisamente, una página de Word a espacio 1,15 en Times New Roman de tamaño 11. En una página de Word, una persona debe ser capaz de razonar y alcanzar conclusiones lógicas y meditadas sobre por qué Cristiano está triste o por qué hemos entrado en una crisis financiera con grandes paralelismos con la de la Gran Depresión de 1929 y que podemos hacer nosotros para no hundirnos con todo el equipo y reflexionar sobre si es una buena oportunidad para dar un enfoque ético y ecológico a la política económica. Por poner un par de ejemplos al azar.

Parece obvio que no hay cabida para un pensamiento sosegado y profundo; como mucho para bombardear con datos y cruzar los dedos para que el lector que acceda al texto tenga capacidad suficiente para hilar él solo los argumentos. Y, en este mundo acelerado, aparecen dos rasgos sintomáticos: los aforismos y los microrrelatos.

No tengo nada en contra de ambos formatos, no en particular contra ninguno. Dicen, respectivamente, una amiga y un amigo (las citas no son literales):

-“el aforismo puede hacerte crecer por dentro cuando lo dotas de sentido”.

-“el microrrelato insinúa más que afirma y hace que el lector cree su propia historia”.

Preciosas afirmaciones, pero creo que ingenuas. Porque son ciertas en un determinado contexto: cuando caen en manos de gente cultivada que tiene la capacidad de extraer del texto su información y unirla con el bagaje personal, enriqueciéndola. Pero en cualquier otra mano sólo puede despertar pensamientos vagos y anodinos.

Una generación acostumbrada a textos burdos de seiscientas palabras será incapaz de aprovechar en lo más nimio lo que un buen aforismo o un microrrelato de calidad sea capaz de aportar.

Y aquí es donde el autor superficial cobra su sentido. La literatura de entretenimiento tiene un papel: entretener (y no formar intelectualmente). Y es un papel digno siempre y cuando no intente traspasar sus propias fronteras. Pero que en una generación hayan calado lemas superficiales como filosofía de vida (no hay más que rastrear las largas cadenas de emails o los muros del facebook, incluido el mío) nos habla del nivel intelectivo de la, probablemente, generación más leída de la historia.

Ya en otro momento me detendré a hablar de “sobre qué” versan estos lemas y su importancia como abortivos de ideas (o, quizá, análogamente, como “píldoras del día después” del pensamiento). Contra la crisis: vida interior, felicidad y sonrisas.

Y ya no me queda espacio para mucho más.

Quinientas ochenta y cuatro palabras. Por si acaso.

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