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En Pennisylvania existía una extraña ley natural que pendía sobre la vida de los hombres. Sólo afectaba a los varones, como explica la lógica, y, por lo demás, el resto de lo cotidiano sucedía de igual manera a lo que estamos acostumbrados. Existían las mismas envidias, las mismas intrigas… Pero existía esa ley inviolable.

Por una rara cuestión genética había en el cromosoma Y una especie de cuenta atrás nucleotídica. La duración total de la vida del hombre era proporcional a la longitud de su pene. Sé que parece extraño, es cierto, pero funcionaba así. Se activó de repente un día, nadie vio la relación al principio, aunque no tardaron en percibirla. Apareció en los informativos, en diarios, en blogs, en todas partes. Era inevitable. De pronto, todos los hombres conocían la fecha de su muerte. El último día se pasaba en cama, mientras el corazón se iba apagando.

Pero había algo peor que saber la fecha de la muerte. Era la absoluta certeza de saberse, en el último instante antes de sucumbir, el hombre con el pene más pequeño de la ciudad.

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