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Cuenta una vieja historia que, en un reino lejano, un villano se enamoró de una princesa. Que no os engañen otros cuentos: era la más hermosa de todas, al menos a los ojos del hombre.

Cada día la esperaba antes de ir a trabajar tan solo para verla. A las puertas del palacio, aguardaba todas las mañanas esmerado en presentar su mejor aspecto. Ella siempre devolvía su mirada embelesada con otra aún más radiante. Y tanto tiempo pasó viéndola, y tanto tiempo recibiendo su mirada, que un día no pudo contenerse más:

– Te amo. No puedo seguir viviendo sin ti.

Ella se apiadó y lo mató.

PD: O así debió haber terminado. Realmente, ella lo besó en la frente, acarició su mejilla, ofreció su sonrisa condescendiente y desapareció. Finalmente, él se rindió cabalmente y se marchó.

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