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No se escondió entre lamentos, tan seguro de las leyes naturales como de su propio cuerpo. No se rasgó por lágrimas ni gimió, ni boqueó su último aliento en un sollozo. Sonreía en su despedida, con los ojos de un cristal opaco en el que ya sólo se percibía niebla. Ligado a la tierra, como sus poderes, el druida vino de la piedra y, llegado el momento, volvió a ella.

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