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Lo extraño de ser un sueño es tener significado sólo para los demás.

Nací siendo un sueño pequeñito, una especie de pasión medida o una aspiración posible. Quien quería me soñaba, pero sólo quien lo deseaba en mayor o menor medida. Y me sentía muy satisfecho de mí mismo porque cumplía con mi cometido.

Funcionaba como un motor autónomo, me alimentaba de mí y no ocupaba más lugar que el que me pertenecía. Quien me soñaba me notaba cerca pero era consciente de ser más importante que yo. Yo era feliz sabiéndome insignificante pero valorado.

Poco a poco, fui creciendo y haciéndome un hueco entre sueños más importantes. La gente fue añadiéndome nuevas capas, como si fuera una especie de puzle que nunca llegara a estar completo. Y me engreí y me volví lejano e inasible; me creí más importante que los soñadores.

Fui el sueño entre muchos sueños, sueño del mes o del año; el sueño que soñaban quienes creían que soñar era perder el tiempo. Y me soñaban ricos y pobres, me soñaban intencionalmente porque era el sueño de moda. Así, me creía un sueño con baño en oro pero seguía siendo por dentro un sueño de madera.

Un día, de pronto, tanto había sido la aspiración de muchos que dejé de tener sentido propio. Quienes me soñaban me oprimían con sueños incompatibles y me forzaban a convivir con ellos. Me sentí manchado y sucio y recuperé un esbozo de humildad – léxica, por humillación.

Como una amalgama corrupta, era al mismo tiempo todos los extremos, contenía todo lo bueno y todo lo malo. Cada mirada deformaba mi cuerpo, la percepción de mí se alejaba completamente de aquel pequeño sueño primigenio. Al mismo tiempo, me sentía admirado e incomprendido; una fuerza incontrolable y quebradiza.

Colapsé y dejé de ser sueño, convirtiéndome en un pataleo inconsistente e inexplicable. Hubo entonces quien aprovechó para hablar de mí como utopía y violó cada uno de mis matices (los adquiridos, pero también los propios). Las náuseas se apoderaban de mis mañanas y mis noches y dejé de creer en mí mismo.

Me escindí, entonces, de todos mis nuevos componentes, agitándome con violencia; me escindí de mis nuevos compañeros de viaje, que iban haciéndose cada vez mayores y me aplastaban. Quienes me habían soñado ambiciosamente me ningunearon y los demás, los que me soñaban con pureza, me olvidaron al hacerme insignificante. Me había separado de tantas cosas que había dejado de tener sentido.

Entonces me recuperé a mí mismo, viendo mi verdadero tamaño. Fui ignorado por todos, como correspondía a un sueño banal. Me entendí como una aguja de hojalata en un inmenso joyero.

Y un día, recuperé mi sentido. Alguien decidió soñarme en mi esencia. Volví a considerarme importante en la medida que me correspondía, como aspiración propia y no impuesta, como algo adaptable y flexible y no como un núcleo sólido e incuestionable.

Fue extraño ser de nuevo como un sueño. Fue extraño volver a ser considerado como tal. Fue extraño, pero perfecto, tener el sentido que cada uno quisiera darme.

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