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Para quienes lo leemos con asiduidad cabía esperarlo. Otro artículo de Hernando Cosí, relacionado con Generación Paulo Coelho.

 

Podemos conseguir que nos la pele a todos (todo), Hernando Cosí

Se me puede tachar de tardón, de ordinario y de falta de corazón pero, desde luego, no de faltar a mi palabra y, como dije que haría, hoy voy a hablar del efecto eslogan. Y voy a hablar hoy porque, como cuenta el dicho popular, se me llevan los demonios. Vivimos en una generación de idiotas felicistas. Para muestra, un botón:

¿Os ha emocionado? Destila puro orgullo español, todos adalides contra las tristezas que nos han sobrevenido. Agarra de los cojones y aprieta bien fuerte, donde duele. Pero no estamos hablando sólo de un anuncio, es una tendencia general en la que estamos inmersos. Y no es algo natural; es dirigido.

Tomo como referencia un libro: “un mundo feliz”. Es una novela que no, pero que sí. Que no porque carece de fuerza artística; que sí porque, en perspectiva, hace una correcta lectura de muchas circunstancias que ahora mismo nos engullen. Frente a “1984” (una novela que sí, pero que no), nos sitúa frente a una sociedad estática y estratificada en la que los individuos no se sienten oprimidos, son felices, con la simple ayuda de la “soma”, una droga que limpia la conciencia de preocupaciones dando como resultado una manada de corderos amansados.

Sólo se equivocó en la forma en que se administraría la droga. En su texto, proponía una droga química patrocinada por el gobierno; no pudo prever que, de facto, el gobierno careciera de poder ni que lo sintético fuera superado por lo psicológico (en este aspecto, le gana la mano la novela de Orwell).

Partimos de una serie de perogrulladas:

-el dinero es la verdadera fuente de poder.

-existen multinacionales que mueven fortunas superiores al PIB de muchos estados.

-las multinacionales se exhiben ante los consumidores a través de los medios de comunicación.

-el pueblo siente que sus gustos le identifican y configuran (“Yo soy de Macinthos, ¿tú eres de Window?”; Yo soy de Lacoste, ¿tú eres de Polo?).

Y, así, nos encontramos con que a través del mundo de la publicidad se inmiscuyen en nuestras vidas de continuo y, al cabo, cobran sus víctimas. Puede, incluso, que no estemos hablando de una identificación consciente, sino de algo más peligroso: adoptar el estilo de vida que es promulgado sin atender a la realidad que nos rodea.

Y aquí, retomo el anuncio (igual que podría retomar otros como los de Coca-Cola) para hablar de la anestesia social de los eslóganes felicistas. La cuestión no es si podemos optar a ser felices bajo cualquier circunstancia vital, que es aceptable, sino si este optar por la felicidad es una práctica voluntaria o inducida. La presión que ejerce la empresa sobre el ciudadano a través de los medios es una forma de perpetuarse en el poder, de mantener controlado al pueblo que compra los productos, de adiestrarnos para obviar el mal que ocurre y centrarnos en los detalles que nada pueden aportarnos para realizarnos como personas.

Sucede que me cansa escuchar a la gente resignada a sufrir injusticias, quejicosa pero estoica; hierática ante lo que las empresas finalmente ejercen sobre ella (al fin, éstas son quienes financian los partidos que ellos votan y no sólo, pues también hacen controles más directos), mientras que son incapaces de salir a la calle para pelear por un momento por sus derechos.

En estas circunstancias, cientos de ciudadanos del mundo (un poco más oprimidos, un poco más pobres, un poco más indefensos) bombean a las redes sociales (ejemplo paradigmático) mensajes de servilismo existencial: hay que ser felices a pesar de todo; sonríe aunque todo se haga cuesta arriba…

Y al final, lo que cuenta es que no importa lo frustradas que estén las expectativas de esas personas. Los fragmentitos de aceptación que se venden cada día van calando en el espíritu y se convierten en una forma positiva de ver una vida que nos están desgraciando. Y aceptarla. Pero ya se sabe: gente contenta, gente en venta.

Por cierto: ¡Yo soy ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOL!…y sucesivos.

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