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El bosque mediterráneo sufre pequeños incendios cada cinco o diez años que sirven para limpiar el suelo de malezas y ayudan a germinar las semillas de las plantas pirófilas. Estos incendios de baja intensidad permiten persistir al ecosistema, permaneciendo prácticamente intactos los árboles de mayor tamaño.

Al apagar estos incendios, el bosque acumula cantidades tan grandes de material inflamable que un incendio natural se convierte en una auténtica pesadilla, dejando tras de sí sólo cenizas.

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