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El artista

 

Personajes (por orden de aparición)

-Hombre 1

-Hombre 2

-Guardia de seguridad

-Cantante

-Camarero

-Policía 1

-Policía 2

-Policía 3

 

ACTO 1

Es de noche. En la calle está nevando, pero los pocos transeúntes están bien protegidos contra el frío. Dos hombres, cubiertos con largas gabardinas entran en un local después de que dos guardias malencarados les han franqueado el paso y registrado.

Dentro del local, por encima de los murmullos de las mesas, se escucha una voz masculina cantando una vieja canción.

Los dos hombres se adentran en busca de la única mesa libre, mientras se despojan de sus guantes y sus sombreros.

 

Hombre 1 –Resulta extraño, en un antro como éste, escuchar a un hombre cantar.

Hombre 2 –Lo hace muy bien.

H1 –Sí, sí. No lo digo por eso. Pero al entrar y ver el humo de tabaco casi a ras de suelo, el olor a güisqui y sudor –se da una pausa para respirar–, cualquiera supondría que en el escenario hay una rubia mediocre con un vestido que…

H2 –No sabes quién es, ¿verdad?

H1 –Me suena su cara, pero no caigo.

H2 –Todavía éramos casi unos cadetes, recién salidos de la academia. Fuimos al teatro central a  un concierto…

H1 –¿Es él? Creía que tenía buena memoria para las caras pero…

H2 –No es tu culpa. Ahora mismo no lo reconocería ni su madre.

H1 –Está mucho más viejo de lo que debería. ¿Cuántos años debe tener?

H2 –Rondará los cuarenta.

H1 –Nosotros nos vemos mucho mejor.

H2 –Siéntate y escúchale cantar. Comprenderás por qué canta él y no la rubia mediocre –se gira hacia el joven que les invita a tomar asiento– Dos güisquis, por favor. Uno de ellos sin hielo. Y dos habanos.

H1 –No deberíamos beber estando de servicio.

H2 –Cálmate, es la mejor manera de pasar desapercibido.

(El joven camarero les trae sus bebidas inmediatamente)

H1 –Todo por el deber.

H2 –Brindo por ello.

 

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ACTO 2

En el escenario el cantante sigue entonando sus canciones, sonriendo y con los ojos brillantes.

En la mesa de los dos hombres se acumulan cuatro vasos vacíos y dos a medio acabar.

 

H1 –Tenías razón, es increíblemente bueno. ¿Qué hace cantando en un tugurio como éste? ¿No era una estrella?

H2 –Creo que has bebido demasiado o te estás volviendo viejo.

H1 –No te pases.

H2 –¿Recuerdas por qué fuimos a aquel concierto?

H1 –Porque el tipo se había caído del escenario, drogado y bebido.

H2 –¿Y?

H1 –Lloraba histérico en el suelo.

H2 –Pero no se había lastimado. No estaba herido. La caída no había sido ni de un metro.

H1 –Lo habían dejado aquella tarde, ya recuerdo. No era capaz de articular palabra.

H2 –Bueno, eso nunca trascendió. Un ataque epiléptico fue lo que publicó la prensa y sus seguidores lo aceptaron.

H1 –Viendo la fotografía que publicaron, yo también me lo habría creído.

H2 –No volvió a subirse a un escenario y prácticamente desapareció del mundo.

H1 –Ir a caer aquí no creo que sea la mejor forma de salvación.

H2 –Me temo que no lo es. Pero es para lo que ha quedado y de alguna forma tendrá que pagar sus facturas –tuerce el gesto para indicar que la vida continúa–  ¿Otra ronda?

H1 –Sigamos disimulando.

 

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ACTO3

Han retirado los vasos de cristal de la mesa. El reloj de bolsillo de H1 marca las doce menos cinco de la noche.

 

H2 –Mira, acaban de pedirle su gran éxito. Siempre es igual, al llegar a estas horas.

H1 –Me sorprende, verle tan entero, ahí, en el escenario. Casi parece como si le brillaran los ojos.

H2 –Le brillan. Está emocionado con su propia canción. O con todas las caras que le miran como si nunca le hubieran escuchado antes. Desde hace un rato todos están callados.

H1 –Y todos, seguramente, son habituales. ¡Le escuchan cada noche!

H2 –Merece esas caras –le agarra de la mandíbula y le hace girar su rostro–. Míralas atentamente. La mitad de estas personas tienen una vida de mierda y la otra mitad son criminales de oficio que, aunque quisieran, no sabrían hacer otra cosa. Vienen a este bar a olvidar sus problemas y le encuentran a él. Abandonado, roto, hundido en la bebida y en sus deudas. No como un ejemplo, le ven un escalón más abajo.

H1 –Y sigue siendo  un artista de pies a cabeza.

H2 –Exacto. Recupera toda su dignidad sobre el escenario. No canta él y no son sus ojos los que se encienden. Quien está ahí es el chico a cuyo concierto fuimos hace veinte años, y nada de lo que hay alrededor importa.

H1 –Me despierta una especie de envidia. Aun hundido tiene ese aura a su alrededor.

H2 –Si lo piensas bien, casi resulta insultante que una vez al día él se asome de nuevo al pasado y se mezca en aquellaa gloria. Nos suelta a la cara que no somos mejores, como si no mereciera la pena una buena vida, como si fuera más valioso ese momento que todo lo que los demás hemos ido construyendo poco a poco.

H1 –Aunque, realmente, es un pobre diablo

H2 –Peor que eso –H2 saca un pañuelo de debajo de la mesa. Cuando lo posa sobre el tablero se oye un ruido metálico–. Es un pobre diablo al que no se le ha acabado nunca la mala suerte –mira el reloj, ya van a ser las doce. Una sirena de policía suena fuera del local–. ¿Listo?

H1 –A veces me pregunto si realmente somos de los buenos –H1 saca otro pañuelo de debajo de la mesa y lo sopesa entre sus manos– ¿Crees que lo merece?

H2 –Ya no es momento para planteárselo.

 

(Dan las doce. La puerta del local es abierta repentinamente y un tropel de policías en uniformes casi negros entra en él. La luz de las farolas se dispersa en el humo del local)

Policía 1(disparando dos tiros al techo. Sobre sus hombros lleva insignias de sargento) –Esto es una redada. ¡Están todos detenidos por consumo de alcohol!

 

(Tras un instante de silencio, se oyen dos disparos y la policía responde con sus ametralladoras. Minutos después, en el escenario, el cantante se encuentra bocarriba, con dos impactos de bala en el abdomen y uno entre ceja y ceja. El resto del local es una carnicería)

 

ACTO 4

La comisaría anda muy ajetreada; todos corren de aquí para allá en un aparente caos. Tras una mesa, H1 está sentado con un café aguado en la mano, tan frío que ha dejado un reseco cerco marrón en la taza blanca, y la mirada perdida en el horizonte.

Dos jóvenes policías, con unos pocos meses de experiencia parlotean a su lado sobre lo sucedido la noche anterior.

 

Policía 2 –Era una redada habitual. Sabían que requisaríamos el alcohol y todo volvería a la normalidad.

Policía 3 –Aparentemente, no todos lo sabían.

Policía 2 –No es momento para sarcasmos, han muerto dos compañeros y han herido a otros cuatro.

Policía 3 –Cada uno lo afronta como puede. Aún quedan por llegar las represalias. No se puede montar una matanza en un sitio como aquél sin esperar una reacción.

Policía 2 –…

Policía 3 –¿Ves? Ahora es el momento de los sarcasmos.

H1 (deja su taza de café en la mesa haciendo ruido y los dos jóvenes policías se giran) –No habrá represalias.

Policía 3 –¿Cómo lo sabes?

H1 –Lo sé.

Policía 3 –Tú estabas allí… ¿Cómo sucedió?

H1 –Hubo disparos. Después, simplemente, pasó todo.

Policía 2 –Mataron al cantante.

Policía 3 –Uno de tantos.

Policía 2 –Lo ejecutaron, tenía un disparo en la frente y las balas eran de una pistola reglamentaria.

H1 –¿Qué te dice tu intuición?

Policía 2 –Que el tiroteo fue una cobertura y que…

H1 (interrumpiendo)–¿Y qué te dice el sentido común?

Policía 2 –Que no deberíamos inmiscuirnos en ese tipo de asuntos

H1 –Exactamente. Alguien quería que sucediera tal cuál sucedió. No le deis más vueltas –H1 se incorpora de su asiento y se cierra el cinturón–.   Vamos, os invito a unas cervezas.

Policía 2 –Señor, ¿y la ley anti alcohol?

H1 –Alguien tiene que beber para que sigamos teniendo trabajo.

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