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–Tradicionalmente, se dice que sólo somos capaces de utilizar un diez por ciento de nuestro cerebro –la conferencia de clausura del doctor Loman era lo más esperado del congreso-. No es el caso, si nos atenemos a los datos que poseemos, pero la idea encierra ciertos visos de verdad. Sólo se registra actividad en un diez por ciento de nuestra corteza prefrontal cuando realizamos un pensamiento consciente. Como tenemos compañeros de muchas disciplinas, no sólo neurólogos, haré una sucinta introducción a la fisiología del encéfalo –Loman camina a lo largo de la plataforma hasta alcanzar su botella de agua. Le da un trago corto y aprieta un botón del control a distancia del proyector. Aparece la primera diapositiva. El fondo blanco, básico del programa, y una imagen buscada en internet: un dibujo infantil del sistema nervioso central visto desde arriba-.

>>Ignoremos la médula espinal, demasiado simple para los verdaderos neurólogos –en la cuarta fila, el profesor González tuerce el gesto, aludido-. Allí sólo tienen lugar acciones y reacciones involuntarias, transmisión de información, actos reflejos y movimientos vegetativos. Lo que siempre ha despertado la curiosidad del hombre ha sido el funcionamiento del encéfalo: qué, cómo y dónde se llevan a cabo las acciones del pensamiento. Para simplificar, dividimos el encéfalo en telencéfalo, diencéfalo, mesencéfalo, rombencéfalo. Aunque todos determinan en parte nuestro comportamiento o nos mantienen activos como relojes de nuestra respiración o del pulso cardiaco, el pensamiento consciente se lleva a cabo en el primero de ellos, el telencéfalo –el doctor aprieta su control a distancia y el proyector se apaga. Un repentino flash eléctrico recorre el auditorio-. Disculpen, siempre he dicho que la informática es la obra perfecta del demonio para desprestigiar la mente humana –todo el auditorio se ríe.

 

–Permítame, doctor –dice Irma, una investigadora posdoctoral de su laboratorio, levantándose desde la primera fila. Se dirige a él entre susurros y, finalmente, alzando un poquito la voz concluye– tiene que apretar aquí para pasar de diapositiva.

 

–Gracias, Irma –se gira de nuevo hacia la audiencia, con la diapositiva del sistema nervioso en la pantalla-. El demonio también se lució con Irma. Aunque me haya dejado como un viejo chocho y torpe, no puedo dejar de valorarla –el público vuelve a reír, aunque se oyen algunos murmullos-. Como iba diciendo, es el telencéfalo la clave del pensamiento humano: en él se encuentra la dichosa corteza prefrontal. Cuando un sujeto experimental resuelve un problema difícil, sometido a todo el cableado necesario para registrar la actividad cerebral, entre un cinco y un doce por ciento de ésta aparece iluminado en nuestras pantallas. En aquellos sujetos previamente entrenados, hasta un quince por ciento de la superficie puede llegar a emitir actividad registrable. Pero, amigos míos, decir que un diez por ciento de nuestra corteza está actuando es –el profesor se calla, mira hacia el público y decide poner un ejemplo-. A ver, usted ¿qué porcentaje de la Tierra está habitado por personas? –señala con el puntero láser a un estudiante de la cuarta fila, del laboratorio del profesor González.

 

–No sé, doctor… ¿Cómo el setenta por ciento?

 

–Grandísimas ciudades flotantes sobre el Pacífico y en el Ártico –responde el doctor Loman–. ¿Alguien con menos imaginación o que piense un poco más antes de responder? –todos guardan silencio–. A ver, Irma. ¿Cuánto?

 

–Contando los nueve mil millones de habitantes y la superficie emergida… en torno al veinte por ciento de la Tierra, supongo.

 

–Algo menos, el diez, según los últimos datos geográficos. Si los humanos fueran las neuronas del córtex prefrontal, la actividad humana sería el pensamiento. Si alguien registrara la actividad humana, diría que el diez por ciento de nuestro planeta está iluminado. Pero, ¿qué superficie ocupa un humano? ¿Quinientos centímetros cuadrados? Si un diez por ciento de la superficie terrestre son cincuenta y un millones de kilómetros cuadrados, y cada persona ocupa cinco por diez a la menos ocho kilómetros cuadrados… ¿cuántas personas serían realmente necesarias para que el diez por ciento de la superficie terrestre fuera “realmente activa”? A ver, nuestros amigos matemáticos de la tercera fila.

 

–¡En torno a mil billones de personas! –grita un alumno de segundo año con la calculadora en la mano. Después duda y habla un poco para sí, avergonzado–. Es demasiada gente, algo debo haber hecho mal.

 

–No lo dudo, pero me sirve como ejemplo –responde el doctor, irónicamente–. Si el diez por ciento de la Tierra estuviera cubierto de personas, tendría que haber muchísimas más personas. La mayor parte de ese diez por ciento sería: espacio entre personas y personas inactivas. Sólo estarían registrando una especie de amplificación de las personas activas. El reflejo de su acción sería ese diez por ciento que consideramos habitado. Y sólo estamos hablando del diez por ciento: el pensamiento consciente. Si el funcionamiento del cerebro en el pensamiento fuera sólo la acción de esas personas activas, lo que obtendríamos sería una serie de registros que nos darían finalmente un pensamiento predecible. A esta hipótesis –hace hincapié en la palabra– la denominamos la red aditiva. La acción sumada de todos los activos daría la apariencia de una acción conjunta que sería la concreción consciente. La red aditiva es una esperanza científica simplista, que nos dice que con el tiempo y la realización de numerosos experimentos idénticos podremos llegar a predecir el pensamiento consciente de una persona.

 

El doctor González se levanta de su asiento y se dirige a la salida. El doctor Loman lo observa con sonrisa de satisfacción mal disimulada.

 

–Después de esta interrupción, continuemos –pasa de diapositiva y aparece un número en la pantalla. El número de ceros después de la coma es tan enorme que ninguno de los presentes se para a contarlos–. Frente a esta red aditiva, tenemos la Teoría de la red emergente, en la que tanto activos como inactivos, como la interacción entre ellos, como la distancia de la interacción… Cuentan a la hora de desarrollar un pensamiento. Basándonos en esta teoría, en mi laboratorio desarrollamos muchísimos experimentos, dieciséis de los cuáles han sido publicados en revistas como Nature, Science y Neuron tan sólo en el último año. Pero, colegas, no quiero utilizar esta conferencia de clausura para el autobombo, de eso ya se encarga mi currículum –risas tímidas en algunos puntos de la sala–. La cifra que ven en la pantalla es el volumen de nuestra corteza prefrontal que realmente interviene en el desarrollo de cada uno de nuestros pensamientos conscientes. Ya que lo importante son las interacciones, no deberíamos sorprendernos por este número tan pequeño. Es como si dijéramos que los genes de nuestro ADN se construyen con sólo cuatro bases nitrogenadas ¡qué desproporción!

 

–¡Doctor! –interrumpe una estudiante de la cuarta fila–. Nuestro ADN está compuesto por sólo cuatro bases nitrogenadas…

 

–Señorita, para calcular el número de neuronas necesarias para la ironía debe multiplicar la cifra que está en la pantalla por dos: necesita un pensamiento emisor y un pensamiento en el receptor –contesta el profesor–. Bien, si al volumen total que poseemos en la corteza prefrontal le restamos el volumen necesario para llevar a cabo un pensamiento, o los que sea capaz de realizar una persona en un momento preciso, prácticamente poseemos un cien por cien de nuestro cerebro frontal absolutamente liberado.

 

–Doctor, por favor, le quedan sólo diez minutos para que se cumpla el tiempo –comenta Irma para darle cuenta del tiempo restante.

 

–Creo que, aunque no me dé tiempo a completarla se marcharán satisfechos –ríe el doctor–. Igualmente, trataré de ser más conciso y les daré ya el dato importante. El dato por el que he estado molestando a todo el mundo y por el que he forzado al doctor González a abandonar la sala –Irma y algunos otros miembros del grupo de trabajo se ríen–. En nuestro laboratorio, en uno de nuestros registros más rutinarios, obtuvimos lo que consideramos un fallo en la máquina. Habría pasado completamente desapercibido si no hubiera sido porque, en ese momento, el sujeto sobre el que estábamos tomando las medidas dijo “esto ya lo he vivido”. Dos segundos antes, tres partes inactivas del córtex prefrontal, relacionadas con la memoria, se habían iluminado instantáneamente. El sujeto había sufrido lo que comúnmente denominamos “deja vú”. Obviamente, en nuestro registro sólo habíamos obtenido la segunda parte del deja vú, la apariencia de recuerdo. Nos habíamos perdido la parte más interesante: cómo se genera lo que recordamos en el deja vú. En nuestro grupo hipotetizamos que el deja vu es una capacidad de nuestra corteza prefrontal, cuando por un instante la activamos completamente. En ese instante, nuestro cerebro introduce toda la información de la que dispone en ese momento y elabora una predicción de un momento puntual en el futuro. Confirmamos esta hipótesis, hasta que se demuestre lo contrario, y enviamos el manuscrito a Nature, que publicará el artículo en los próximos días. El editor, aquí presente, puede confirmarlo.

 

–Lo que dice es cierto –afirma el editor.

 

–Gracias –responde el doctor con una leve inclinación de cabeza–. Pero aún así, seguimos en la introducción. El experimento que queríamos llevar a cabo era la generación de predicciones sobre momentos futuros, que fuéramos capaces de inducir a nuestro antojo. Usando un flash eléctrico, que os podrán explicar mejor los biofísicos del grupo, activamos una cascada de reacción en la región de la memoria. Al realizarse esto en un momento puntual, en el que la información de que dispongan todos los individuos sea muy semejante, se podrían encontrar predicciones similares que confirmaran, además, que el futuro está determinado –el doctor mira a Irma, que le confirma con la cabeza–.  Sin embargo…

 

–Esto ya me lo sé –espeta un chico desde la cuarta fila–. Ahora nos va a dejar con las ganas de saber los resultados el experimento porque se le acaba el tiempo.

 

–Se ha alargado demasiado con la introducción y ya no tiene tiempo para hablarnos de lo que han obtenido –se une un caballero con un bigote imponente.

 

–Lo siento, pero ambos están en lo cierto –responde el doctor­­ que ha aprovechado para cerrar su portátil–. Espero que lo entiendan y asistan a mi próxima conferencia –se dirige hacia la puerta de salida, pero justo antes de salir se gira-. Sé que muchos lo harán.

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