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Calles de Madrid, noviembre: el silencio me inspira versos; amablemente los guardo en él. No hay otro interés que mi goce.

Nadie me mira y observo los transeúntes y sus vaivenes. Son letras para mi pluma, son acervo de mis poemas.

La catedral es la única que devuelve mi mirada; es blanca y seca, confortable, me quedo a su lado, a su sombra. El tiempo gotea, quedo.

Clavado en el mutismo que he creado o creído, no he percibido a un joven que se ha apostado junto a mí. Tiene melodía y belleza, magia vacía.

No hace incómodo el espacio, la gente lo ignora como a mí, pero presiento que es la clave. Suspiro uno de mis versos, insonoro.

Su guitarra lo roba, lo interpreta, su voz lo asume y lo endulza; no lo ha oído pero lo ha hecho suyo. Su magia lo ha recompuesto, es hermoso.

No lo he percibido; yo no, aún no; tomo otra bocanada de aire. Al espirar lo inspiro y, de nuevo, deshoja cada una de mis palabras.

Me giro y lo miro, sonríe. No hay maldad en su rostro sólo disfruta enhebrando mis letras entre sus dedos.

Una caminante se detiene, distraída, como quien no quiere nada y sus mejillas se ruborizan. Sus dientes son de perla, pero se aleja.

La describo en mis hojas y, con pensarla, paso a convertirla en poesía. La cantan y se vuelve. Está hechizada, enamorada. De mis versos.

Como iba sola se acerca a nosotros; no dice nada, sólo su presencia permanece. Sin cruces de miradas, sólo sonríe. Y persigue con sus labios la guitarra.

No es solo ella, otras tantas van encandilándose por nuestro híbrido. Su presencia y mi involuntaria letra. Sin pretensión, al principio.

Me enamoro de otra un instante; va agarrada del brazo de un cabestro, la compongo en estrofa y escucho como el joven entona mi verso.

Su cabeza se recuesta, sensual, sobre el hombre pero sus ojos se entornan y se clavan en los nuestros, ¡no! en los del joven.

No se detiene, la arrastran y ni siquiera se ha percatado el patán. Ha sido mi amor un segundo y sin mirarme. Me siento Cyrano, dolido, y me callo.

Mi silencio daña al joven, no le susurro más palabras. Con las letras acumuladas sobrevive improvisando sobre mis versos.

Es terrible, me compadezco y pretendo volver a escribir cuando me doy cuenta de que su magia permanece fuerte aun sin mí.

Es cierto, los labios bajan, las sonrisas son menores, las bocas sólo insinúan los besos del instante anterior. Pero resiste.

Me encabrito, encerrado en mi silencio, muero de envidia y muerdo con mis versos. Perpetro equívocos que se funden entre otros.

Le convierto en soez, en liviano, inconexo, en reportero de barbaries. La magia se rompe, las mujeres despiertan.

Se alejan. Me alejo. El joven sonríe, me mira, se escapa. No quedan letras en mi cuaderno, ni en mi cabeza, ni en mi boca.

Madrid vuelve a su estado habitual y queda vacía. Sólo permanecemos, a distancia, el joven, yo, todas las mujeres, sus hombres vulgares y la melodía.

Me siento, a la espera, bajo un árbol que entibia mi espíritu. Calmo, regreso al verso, en silencio, y no percibo que un joven se ha apostado a mi lado.

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